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La vuelta al día

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Lograr lo más difícil: regresar a la escritura como si esta fuera un combate de boxeo que se gana en el último round; volver también al fondo de la memoria, al tiempo ido de la juventud, y salir indemne de ese viaje –entre el dolor y la sonrisa–; retornar al riesgo, a la felicidad del juego, a la exploración; y además revolver, girar, darle la vuelta a la sintaxis, a las palabras, y a la vida.
Conseguir lo más complicado. Eso es lo que propone –y logra con rotundidad– Hipólito G. Navarro, el más importante de nuestros cuentistas actuales, en su esperado regreso al género. Las mismas virtudes y nuevos registros en estos cuentos donde todo es posible, donde todo está permitido. De nuevo la alegría de poder leer a uno de los grandes. Porque La vuelta al día no es solo un libro. Es un acontecimiento.
De Hipólito G. Navarro se ha escrito: «Cuando parecía imposible crear algo nuevo en el cuento, Navarro reinventa un modelo personalísimo de fabulación. La escritura: lúdica y afilada. Y los asuntos, impredecibles, por las realidades que convocan y por las muchas veces hirientes cuestiones humanas que ventilan», J. Ernesto Ayala-Dip, Babelia; «Son tan arriesgados sus planteamientos, tan atrevidos sus modos constructivos, tan irreverente su careo con las convenciones de la escritura, y tan ocurrente su apuesta por perspectivas inauditas…, que la conclusión no se hace esperar: Navarro es uno de esos casos de radical singularidad creadora», Pilar Castro, El Cultural; «Un ejemplo contundente de que lo artísticamente decisivo no es lo que se cuenta, sino el modo de contarlo», Ricardo Senabre, El Mundo; «Una narrativa excitante que no se somete a ninguna convención; arte del siglo xxii», Javier Calvo, El País.

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El infierno portátil. (Una accidentada iniciación a la lectura)

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El infierno portátil
(Una accidentada iniciación a la lectura)

 

En el pueblo donde transcurrió mi infancia había, por lo menos, un convento.

Que recuerde ahora, moraban en él monjas muy simples, del montón, de esas que tienen muy buena mano para la repostería.

La elaboración de pasteles, es sabido, requiere manos dulces, amorosas, discretas, manos por tanto muy poco apropiadas para dar cobijo a estigmas y llagas.

Rico pues en pasteles, nunca tuvo aquel convento nuestro una santa.

Sí tuvo, en cambio, una monja sorda y cascarrabias, y otra que se hacía un poco la tonta, o que en el fondo verdaderamente lo era.

De todas formas, ni la simpleza de las monjas, ni su sordera o su atontamiento, ni mucho menos su fina repostería, lograron distraer los intereses de un niño que empezaba a entrar en la adolescencia bastante atropellado por irreverentes sospechas. Detrás de aquellos muros cohabitaba un chaparrón de mujeres solas casadas todas con el mismo hombre; esa era al menos la información que yo tenía por aquel entonces. ¿Y qué podían hacer allí tantas mujeres juntas, además de hornear pasteles y preparar confituras? Rezar; sí, desde luego. Cosechar zanahorias y coles; también. Pero qué más…

 

La nota azul

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La nota azul

 

No es muy grande el apartamento de la rue Pigalle…

Aurora Dupin, baronesa Dudevant, más conocida como George Sand, termina de escribir las últimas páginas de El pantano del diablo, una novela campestre a pesar del título o quizá por él. Como la tinta que usa tarda en secar, las ideas que va trasladando al papel permanecen húmedas durante bastante rato, verdaderamente brillantes según el ángulo desde el que se miren. Aurora misma se sorprende del efecto.

Mientras tanto, su amante de estos días, el Federico Chopin de los Nocturnos, acaricia las teclas del piano buscando de manera disimulada la siempre escurridiza y muy puñetera «nota azul», esa nota trampolín sin la cual no son capaces de componer nada los románticos del xix. Habría de todas formas que preguntar si comparten la misma opinión Liszt, Smetana…

No es muy grande el apartamento de la rue Pigalle, ciertamente; lo justo para que la pareja pueda trabajar sin agobios, cada uno en lo suyo. Quizá sí resulte pequeño en días como este, cuando coinciden en sus habitaciones otros amigos imprescindibles.

 

Nahir, el autor inminente y el localizador. (Una ceremonia de iniciación, con brevísima antología de mensajes)

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Nahir, el autor inminente y el localizador
(Una ceremonia de iniciación, con brevísima antología de mensajes)

 

 

 

Para Nahir,

cien vuelos después,

con cariño y vértigo

 

 

 

La fiesta es a finales de junio, en B, con el verano de 2003 a punto de ponerse a hervir.

Varios argumentos justifican reunión tan guapa, entre ellos el cierre de un curso editorial muy exitoso y el rescate de dos viejos títulos del catálogo, con nuevos prólogos escritos para la ocasión.

El autor inminente (en adelante, a.i.) ha cometido uno de ellos. Es el responsable de lo que de puertas adentro ya se conoce como «el prologazo», «la seixbarralada».

Nahir envía primero al a.i. los horarios de vuelos, para que elija: «Ahí van los horarios para que Mahoma nos visite… Los que salen a las siete de la mañana o llegan tarde para la fiesta los he descartado de antemano». Ignora entonces Nahir que el a.i. jamás ha volado. ¿Quién podría sospecharlo, a esas alturas de la historia de la aviación civil? El a.i. se acobarda, piensa en sus bonitos y desahogados trenes que recortan la costa, los que le regalan dieciséis, veintidós, treinta horas seguidas de viaje y deliciosa irrealidad, al mismo tiempo que repara en que Nahir lo ha llamado Mahoma, como quien no quiere la cosa. El guiño implica veladamente la existencia de una Montaña a la que habrá que subir sin más dengues ni demoras ferroviarias. Es de sentido común que así lo haga. Si este Mahoma no ha subido jamás a un aparato de puro miedo, atenazado por un estúpido terror ancestral, ya va siendo hora de cambiar esa suerte. Acepta pues los horarios 7/07/03 S-B 12:55 ida, 8/07/03 B-S 18:45 vuelta, que se convierten ipsofácticamente en fechas para la Historia como 629, 1492, 1969…

 

Ligamentos

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Ligamentos

 

 

 

Para Juanina Jaguen, mi novia eterna

 

 

 

–¡Orquídeas! –gritó–, ¡orquídeas!, ¡son orquídeas!

Para orquídeas estaba yo, fastidiado como nunca antes en las extremidades llamadas inferiores, no en una ni en dos, sino en todas ellas. Solo el tobillo izquierdo, por no echar cuenta a más aprietos inminentes que se me venían encima, me latía como un demonio. De él partían andanadas de punzadas, producidas casi industrialmente, sin tacañería, y me recorrían la pierna entera a vivos calambrazos. Parecían las descargas eléctricas de un juguete malvado. Se paraban un ratito a curiosear por los alrededores de la ingle y seguían después costado arriba con toda la parafernalia de mordeduras hasta la nuca, y allí me daban tandas de martillazos repetidos, insistentes, puñeteros como ellos solos.

Ella había insistido más, de todas formas. A pesar de que el pie se me revolvía asesino dentro de su nueva casa de escayola, cogí el bastón con insensato arrojo y me dispuse a acompañarla, qué demonios. Se me hacía insoportable la idea de perder otro paseo a su lado por culpa de cuatro estúpidos ligamentos arrancados de cuajo dos semanas antes.

 

Las estampas del timo

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Las estampas del timo

 

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?, ¿la gallina o el huevo? El eterno problema. ¿Vi primero a un tipo sumamente esquelético por la avenida, un raro espécimen humano o casi humano, o primero vi las tremendas cascadas morenas del pelo rizado de ella incendiándolo todo un poco más adelante?, ¿qué llamó primero mi atención, que el tipo delgaducho se cubría estúpidamente la cabeza con una bolsa de unos grandes almacenes, o las caderas poderosas y las alucinantes piernas apretadas bajo la minifalda que se gastaba ella? ¿Y cómo demonios saberlo ahora, después de tanto tiempo? Del huevo sale la gallina y la gallina pone después el huevo perfecto en un rincón del gallinero, de eso no cabe la menor duda. Pero enseguida esta simplicidad se complica y de ese huevo nuevo sale otra gallina más o menos parecida a la anterior, y esta pone a su vez y como sin quererlo otro huevo, de donde sale evidentemente otra gallina igual, ponedora ella también, cómo no, y así se enfrascan repetidamente gallina y huevo, huevo y gallina, en este doble ciclo tirabuzónico que contemplado a la inversa, mirado hacia atrás, es todavía peor y más repetido, de modo que uno no puede alcanzar de ninguna de las maneras un principio único, claro y definitivo: ¿qué carajo fue antes?, ¿el huevo o la gallina?, ¿la gallina o el huevo?, ¿eh? Yo lo que sé es que iba tarde a clase porque el condenado autobús se había retrasado como nunca y que nada más bajarme, flechado que iba a la Facultad, no sé, cada uno de mis ojos trastabilló con ellos, con los dos a un mismo tiempo, uno con el sombrero corteinglés o carrefur o mercadona del tipo, otro con la cabellera y las piernas de ella, y cuando los ojos patinan en la cara en ese plan, estrábicos perdidos, con ese revoltijo de espanto y de chacota por un lado y de gruesos apetitos y tiernos arrumacos por el otro, ya no se puede responder a nada medianamente derecho, se llega tarde a clase, se sienta uno en un sitio muy arriba, lejos de los empollones y del catedrático de Genética, y se pregunta, por preguntarse algo, eso: ¿qué fue antes, mecachis, qué fue antes, el huevo o la gallina, la gallina o el huevo? La eterna pregunta. Para qué perder tiempo en responderla. Pero eso sí, y aunque parezca no terminar uno de salir de tan grandísimo ofuscamiento: ¿qué demonios vi antes después, es decir, después del primer antes, ya instalado en mi sitio en el aula?, ¿que el tipo delgaducho se había sentado dos filas más abajo en mi misma clase o que un poco más arriba también ella desplegaba sus bártulos para coger apuntes y que tenía los ojos verdaderamente verdes?

 

Verruga Sánchez

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Verruga Sánchez

 

Esto que León me inspira ahí tirado, ¿qué demonios significa? ¿Cansancio?, ¿pesadumbre? ¿O es que siento ahora lástima por el triste botarate en que se ha convertido el hombre con el que comparto la existencia desde hace una eternidad? Me estoy engañando, bien lo sé. Quizá no sea pena lo que siento últimamente por él. Se le parece bastante, tiene todos los visos, pero no es pena, no al menos todavía. Tengo que evitar la compasión a toda costa. Me niego a gastar lo que me queda de vida compadeciéndolo.

Pero lo veo ahí desparramado en el sofá, con la copa de coñac aburrida entre las manos, los hombros derrotados, un hilillo de baba descolgándosele remolón desde la comisura de la boca, y mis mejores sentimientos se revuelven furiosos en la cabeza, me trastornan, me confunden. Lo que asoma a los ojos con que lo miro empiezo a sentirlo no como amor, como el cariño que hasta hace bien poco le profesé, sino más bien como una lástima honda y triste como nunca hubiera imaginado. Le acaricio el pelo, el rostro, de una forma que intuyo harto dolorosa para él, una caricia más enérgica de lo habitual que León traducirá en su abatimiento como un reproche, como una amarga bofetada detenida.

 

La excusa termodinámica

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La excusa termodinámica

 

Concluido sin éxito el primer intento, no haber estrellado el coche a la salida de una curva, tampoco despeñarlo por uno de los innúmeros precipicios del recorrido, haberles vetado si acaso la entrada a ese paraíso, o qué sé yo, cualquier otra retorcida venganza de las miles que pueblan esta cabeza que alguna vez fue gobernable y enteramente mía, vayamos ya con los argumentillos, a la desesperada:

Calentar el apartamento, el encendido de la chimenea de leña.

¿Puede haber algo peor en este mundo, me pregunto –y desencadeno con esta primera inocente vacilación una cascada de porfiados interrogantes, encarnizados en verdad, testarudos, quisquillosamente repetidos, en un ejercicio mental bastante simplón que debilita sin embargo como pocos otros el malestar de la jornada laboral–, puede haber algo peor, me pregunto, que desperdiciar dos o tres horas intentando encender la chimenea de la casita que hemos alquilado para pasar dos días de tranquilidad en plena sierra? Seguramente sí, me respondo de inmediato, seguramente es peor darse cuenta entonces de que la leña está verde y húmeda, de que no habrá más remedio que subir siete empinadas cuestas pueblo arriba para comprar madera seca si de verdad esperamos no morir de frío en cuanto caiga la noche. Aunque, pensándolo bien, tal vez sea peor que un avispado mercachifle del pueblo, con la piel tostada por el calor de su formidable chimenea, pretenda cobrarnos y nos cobre una burrada por un ridículo cargamento de leña, que no nos ayude siquiera a colgarlo en la espalda, que deje tirado de mala manera el mediano montón junto a nuestros pies congelados.

 

En el fondo de la memoria

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En el fondo de la memoria

 

Los signos me acosan. Están diciéndome algo. Me han susurrado frases incomprensibles a los ojos en el cuarto de baño, en el sofá junto a la ventana, desde el suelo me están mirando con bocas abiertas que me comen, y yo sin saber, como agazapado, a la espera de algo avieso que me dará el zarpazo por la espalda en cualquier momento por más vigilante que me mantenga, de paseo por la casa en la angustiosa espera de esta mujer, con las manos hundidas en los bolsillos, escarbando pelusas de abandono por los pliegues ya calientes de tanto manoseo…

Arriba, junto a los bafles de la música enmudecida, dos rezagadas mariposas nocturnas revolotean construyendo otros signos en el pentagrama indescifrable de los augurios. Parecen nerviosas, como abocadas a nuevas metamorfosis. ¿Qué va a pasar? Dicen que los gatos y los helechos y begonias intuyen los terremotos mucho antes que los sismógrafos; algo en el aire con tufillo a catástrofe los avisa, los pone en guardia. Ese mismo algo eriza ahora el pelo de su gato ahí ovillado en el cojín. Está observándome descaradamente en silencio, desde que ella se fue. Con un ojo cerrado mira hacia adentro mientras con el otro persigue mi terco paseo por el salón, y hasta parece que contara los pasos. Seis pasos a la ida, seis a la vuelta, seis a la ida, seis a la vuelta, interminablemente, como un preso ordena su caminata en el limitado espacio de la celda. Seis a la ida y seis a la vuelta hasta que tan provechoso vaivén salta hecho añicos cuando contabilizo de súbito siete a la ida y cinco a la vuelta, en una inexactitud perversa, malintencionada. ¡No puede ser, no puede ser!, comprobemos… siete a la ida, siete, imposible, y cinco a la vuelta, menos todavía, ¡pero bueno!, ¿estoy loco o qué?, mi percepción hace aguas, está como drogada, si hasta los más afianzados fundamentos del álgebra y la arquitectura se permiten guiñar de esta manera idiota… Masajeemos las meninges. En círculo. Por las sienes, por la nuca… El oportuno aleteo de una mariposa, como de ángel de la guarda, me devuelve a los seis a la ida y los seis a la vuelta conocidos y tranquilizadores, de sentido común. Menos mal.

 

Mire, no estoy para bromas ahora mismo

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Mire, no estoy para bromas ahora mismo

 

Se puede considerar que soy un náufrago que ha vuelto a la civilización después de años robinsones cargado con mi isla, mi palmera y mi horizonte redondo y plano hasta donde el viento da la vuelta. Que sigo siendo un náufrago en medio de la vida corriente de la calle, con una barba inmemorial y los ojos del mar de entonces, todavía anclado en aquel tiempo, cuando viajaba a la deriva sobre mi isla por un universo silencioso que recorro ahora mentalmente, midiendo palmo a palmo el territorio que me pertenece y al que pertenezco tras una simbiosis total a la que hemos llegado sin pensarlo, de pura ociosidad. Pilotar la nave se me da bien. Me siento en la tierra, apoyo la espalda en el tronco de la palmera, y las hojas se estremecen allá arriba, ojo avizor: no hay tierra ni barcos a la vista, solo horizonte, perspectiva que se pierde tras la espuma de las olas. El viento viene y se va, llega a costas lejanas y trae luego informaciones impenetrables, o vulgares cables de última hora, según los días…

 

Balance

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Balance

 

A un tigre, así sea albino, nunca le da por contar sus rayas. Tener algunas de más o de menos sobre la piel es asunto que le trae bastante al fresco.

Al domador tampoco le apesadumbra tener que encargar a un ebanista una bonita caja de teca forrada de terciopelo para guardar en ella parte de su anatomía. Son los riesgos de su oficio y no se puede decir que los desconozca o los desprecie.

El buen artífice de la madera, por su lado, suele ostentar también como trofeo de la profesión, además de un aura de finísimas partículas de palisandro o de caoba, alguna que otra extremidad más o menos incompleta, desmochada. Tampoco pierde tiempo el artista en contabilizar su merma, consciente tan solo de que un ebanista que gesticule con sobreabundancia de dedos al aire siempre será un ebanista sospechoso.

El tigre, el ebanista, pues, hacen oídos sordos a todo lo que no sea su arte de arañar la carne o la madera. Construyen su obra desbastando materia, restando nudos y nervios, huesos e imperfecciones, sin detenerse a contar sus dedos o sus rayas.

 

Los artistas cautivos

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Los artistas cautivos

 

A esta aldea perdida me vine apenas con lo puesto, don Garrido, un escaso maletín de ropa, óleos y pinceles, los bártulos imprescindibles por si a pesar de todo me daba por pintar un par de cuadros, y lo que me queda de este labio.

Sí, el labio ya lo traía partido. Los taxistas, para ser taxistas, golpean fuerte; dan buenos puñetazos, le quiero decir.

La intención de pelearme con alguno de ellos la tuve en el fondo desde siempre, solo podría argumentar ahora en mi defensa que tardé bastante en decidirme. Supongo que por cobardía, por simple y llana cobardía. No me explico de otra forma que hubiese podido aguantar durante tanto tiempo su burla continuada, su eterna chanza.

Para qué engañarse, don Garrido, también fue mala suerte que autorizaran aquella parada de taxis debajo mismo del ventanal de mi estudio, que se instalase con tanto descaro ante mis narices aquella fila de vehículos inmaculados con su lucecita verde guiñando el ojo encima. Qué fastidio supuso desde entonces contemplar a todas horas el triste espectáculo de los taxistas, su trastorno obsesivo compulsivo de la pulcritud, todo el santo día con los plumeros limpiando parabrisas impolutos, embellecedores brillantes, capós sin una mancha…

 

Tantas veces huérfano

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Tantas veces huérfano

 

Un agosto más, como en los últimos setenta, o quizá más años, el viejo Cañado Jara ha vuelto, ha regresado por enésima vez, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrieron los veranos de su infancia, hace ya de eso una eternidad.

De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.

Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.

 

Rifa

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Rifa

 

El viejo ha vuelto, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrió su infancia, hace ya de eso una eternidad.

De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.

Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.

 

Mucho ruido y pocas nueces.(Unos preparativos)

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Mucho ruido y pocas nueces
(Unos preparativos)

 

Cinco enormes furgonetas blancas, como de mudanzas, en apariencia en todo iguales, están aparcadas de cualquier manera delante del bonito edificio plateresco del teatro. Dos de ellas ofrecen impúdicamente sus retaguardias abiertas frente a la puerta principal, mientras otras se atreven a taponar no solo los accesos para materiales y atrezo sino también las entradas de autoridades y el público vip. En sus flancos, como la colosal salpicadura de un huevo estrellado a mala idea, ostentan todas un logotipo de pacotilla, de muy escaso presupuesto artístico. Su primario diseño concentra en una insuperable ensalada de grafismos y letras las complejas funciones de montaje de decorados a que se dedica la empresa. Sin embargo, al observar con más detenimiento, el vigilante del teatro advierte ligeras modificaciones en los renglones secundarios de la marca, leves variantes que dan noticia de los diferentes subsectores en que también parece especializarse la compañía…

 

Luisito Tristán, pintor de fondos

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Luisito Tristán, pintor de fondos

 

Ya habíamos estado aquí antes dos veces Benito y yo, este es nuestro tercer viaje juntos. La Peña ha cambiado mucho en los últimos años, una barbaridad. Más que la ermita y su Virgen, más que las ricas aguas espumeantes y ferruginosas, es la presencia de Benito la que le ha otorgado a la montaña su carácter de lugar sagrado. Apenas un monte hueco, agujereado, con un manantial de aguas amargas, era todo esto antes de que sus sandalias hollaran la explanada por primera vez. A la caverna donde se retiró tras ordenarse sacerdote, una tortuosa oquedad donde los pastores abrigaban a las cabras durante las gélidas noches de invierno, se la conocía con el aparatoso nombre de El Palacio Oscuro, a saber quién demonios se lo puso. En lo más profundo de su vientre, bajo un techo de murciélagos tiernos, había estudiado Benito durante meses, en pasmosa soledad, callada y minuciosamente, las Sagradas Escrituras. Y ahí mismo lo acompañé yo más tarde como un hijo, como un fiel escudero. No tardó mucho en que se corriera la voz: en La Peña mora un hombre santo, un eremita muy delgado de ojos vivos y penetrantes; pasó algún tiempo solo, pero ahora parece que lo asiste un joven taciturno, tan callado como él. Se ve que no me conocen. Muchachas de la aldea nos suben desde entonces cestas con ricas viandas. Las dejan a la entrada de la caverna, para que el anacoreta y su joven acompañante no mueran de inanición, para que se alimenten de algo más que frutos y raíces. Las suben a escondidas, no quieren molestar, aunque a veces la curiosidad les puede y con el prurito de vernos son ellas precisamente las que se dejan ver. Qué tremenda conmoción fue descubrir la perfecta silueta de Clelia recortada aquella noche frente a la cueva, apenas una semana después de instalarnos, como si fuese todavía un espejismo fruto del agotamiento del viaje…

 

Los otros Tiresias y Clariclea. (Variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)

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Los otros Tiresias y Clariclea
(Variaciones pornoeróticas sobre una obsesión astriciliana)

 

 

 

Para Astriciliano, cuando era mi amigo y me regaló este cuento,

y también ahora, donde quiera que esté.

Para Rogelio, que pinta los cuadros a pelo, del natural.

 

 

 

Doscientos y pico años llevaba trabajando en la mina cuando le sobrevino aquel cataclismo. Sucedió de golpe y porrazo, sin que hubiese mediado la más ligera señal de aviso, como aseguran los entendidos que se presentan las metamorfosis verdaderamente importantes de la existencia.

Había continuado aquella mañana excavando de forma mecánica y distraída justo en el lugar donde lo dejara la tarde anterior, en la misma exhausta galería en la que se afanaba infructuosamente desde hacía un montón de meses. Las primeras docenas de golpes sonaron con la apatía monocorde de siempre, y cada nuevo asalto a la pared continuó brindando una ridícula cosecha de pequeñas rocas pardas, de tercas menas empobrecidas, aquella especie de sal de la costumbre que no precisaba de muchos lavados posteriores para mostrarse por completo inservible.

 

Los k

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Los k

 

No es muy grande la mesa que aquí tengo. Justo lo suficiente para el ordenador y la impresora, un taco de hojillas para notas, la funda de las gafas…, el bote de los bolígrafos también, la macetilla con el cactus para absorber las radiaciones… y el teléfono este desde el que le cuento.

Sí, en efecto, ya hace un rato largo que pasó, pero es que usted siempre comunica.

De aquí mismo salieron, de los agujeritos del auricular, uno a uno, muy despacio, como si disimularan. Luego fueron entrando por la rejilla de ventilación del aparato, también en fila india y en silencio, como la otra vez. Se pudo ver enseguida cómo algunos atravesaban por la pantalla apagada, escarbando desde dentro, con una intermitencia de iconos desquiciados, mientras otros aparecían de súbito, sin apenas transición, por la bandeja de salida de papel de la impresora.

Tan solo unos cuantos, de intenciones menos cibernéticas, bajaron directamente a la mesa. Impunes y envalentonados, estuvieron recorriendo cada una de las púas del cactus, el interior de la funda de las gafas, la mullida y confortable brevedad de la gamuza amarilla que en otro tiempo utilicé para limpiar las lentes. Incluso un par de ellos se colaron por el agujerito del mechero, y a través de la rosa transparencia se los podía ver como nadando en el gas, que es líquido sin embargo, como sabe.

 

Puentes, acueductos

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Puentes, acueductos

 

Mi abuela Justa, apostada en un lugar estratégico en las afueras de la aldea, avista un vehículo con matrícula extranjera cargado de turistas. Sin pensárselo dos veces lanza un silbido bien fuerte hacia los tejados de más abajo. Es un silbido como de cabrero, pero mucho más profesional.

Mi abuelo Justo, que fuma aburrido en la plaza, al oír ese silbido se encasqueta la boina con premura, se levanta y lanza a su vez un silbido menor, pero igualmente científico, muy estudiado en su modulación.

Tras esta señal salen mis tías abuelas de sus casas y se sientan a coser junto a las puertas en unas sillas de anea un poquitín desvencijadas. Algunas vecinas salen también portando cubos y barreños con ropa sucia y se acercan raudas al lavadero público, donde comienzan a fregotear sus trapos mientras otras se apresuran a generar abundante espuma sobre el agua.

Pasados dos o tres minutos la actividad aldeana es total: varias mozas aplican una mano de cal al porche de la iglesia, dos niños juegan a canicas, las gallinas picotean magras lombrices, unos gatos degustan cabezas de sardinas por los empedrados…

 

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