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Los atacantes

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Las cámaras de seguridad nos han dado la tranquilidad de tener a alguien velando por nosotros. Pero también la incertidumbre de que siempre habrá algún otro vigilándonos. La ciencia ha erradicado enfermedades, pero también ha creado monstruos e infecciones impensables. El correo electrónico, las redes sociales, un teléfono en el bosillo: consuelos para la soledad, mejoras en la comunicación, pero también el principio del fin. Acosadores, stalkers, suplantadores. Atacantes de nuestro confort.
Con un imaginario y una estética absolutamente personales, Alberto Chimal –una de las grandes revelaciones mexicanas de los últimos años– nos ofrece, agazapado entre siete magistrales relatos, el terror con el que convivimos, aun sin percatarnos. Un libro de cuentos de miedo –no necesariamente de horror– que mira en las esquinas más negras de nuestra sociedad, sin renunciar tampoco a la imaginación más libre, a la mirada más fantástica, al humor e incluso a la poesía. Aunque esta sea la poesía que llega con el final del mundo.
De Alberto Chimal se ha escrito: «Un narrador que no puede desprenderse, para nuestra fortuna, (...) del afán por describir aquello que sólo puede ser creado con palabrass», Verónica Murguía, La Jornada; «Para los lectores algo cansados con el modo realista en el que se desenvuelve buena parte de la literatura latinoamericana contemporánea, Chimal es un escritor imprescindible», Edmundo Paz Soldán, La Tercera; «Así funciona la narrativa de Chimal: con potencia. Tiene poder, tiene eficacia, engancha», Sara Mesa, Estado Crítico; «Uno de los narradores más polifacéticos e imprevisibles de la literatura hispanoamericana actual», Marco Kunz, Quimera.

Precio: 5,99 €

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7 relatos

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Tú sabes quién eres

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Tú sabes quién eres

 

–Sus amigas empezaron a notar que algo pasaba en enero. O febrero, quizá. Mucho tiempo después de que yo comenzara.

»Antes de ese tiempo pudo guardarse todo. La tensión tardó mucho en ganarle. La preocupación. Lo más que Sonia dejó ver fue una serie de detalles de poca importancia, y nadie se molestó en unirlos ni en interpretarlos. Un día cerró su cuenta de Twitter. Poco después cerró la de Facebook. Usaba la segunda un poco más que la primera pero en ambos casos la gente, incluyendo sus amistades cercanas, tardó en enterarse. Luego cambió de número celular. ¿O se dice móvil? No importa. No desechó el aparato que ya tenía: simplemente dejó de usarlo, compró otro (uno más barato: de los que solo sirven para hacer llamadas y no tienen aplicaciones ni acceso a internet ni nada parecido) y pidió a esas amistades más cercanas, por teléfono y por correo electrónico, que anotaran el nuevo número.

»Y después, como algunas de esas amistades tampoco dieron señas de haberse enterado, tuvo que reabrir nuevamente sus cuentas de redes sociales, por un tiempo, para enviar más avisos de su nueva información de contacto.

 

Los salvajes

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Los salvajes

 

A veces, los hijos y nietos de los capos del narcotráfico mexicano eligen ocupaciones distintas de las de sus mayores. Optan por la administración de empresas, la ingeniería, las ciencias políticas y otras carreras de provecho en las que su posición social les permite grandes progresos. Esto puede ser motivo de orgullo: no lo fue en el caso del nieto menor de los catorce que tuvo Carlos Requena «La Piraña», legendario jefe del Cártel de Tejupilco, quien eligió dedicar su vida a la literatura.

Se llamaba Juan Luis Carlosrequena Mejía (usar como apellido el nombre del patriarca era costumbre nueva, pero servía para indicar el abolengo que ya tenía la familia) y le decían «La Pirañititita» o, más brevemente, «La Pipi».

–Pero desde hoy –amenazó al mundo, una noche, en una cantina de mala muerte en el barrio de Interlomas, en la ciudad de México– me van a decir El detective salvaje. –Y sus guardaespaldas asintieron, como asentían a todo.

Por lo demás estaban cansados. Después de robar todo el uranio enriquecido del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares; de lograr que el Cártel les prestara un avión para llevar el uranio al laboratorio clandestino en Barbados; de pagar el proceso de síntesis, carísimo y además condenado por el Papa, la ONU, la UE, los EU, los EAU, Corea del Norte (que lo había inventado) y hasta Kim Kardashian; de llevar a España el extracto vitalizante por submarino e ir hasta la tumba precisa a hacer lo que había que hacer, después de todo eso, digo, ¿qué les iba a importar lo que dijera el chavito baboso por el que tenían que dar la vida?

 

Connie Mulligan

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Connie Mulligan

 

Mi antecesora en la Jefatura de Ediciones de la Universidad Ferlosiana renunció por estrés: lo hizo luego de que, por dos meses enteros, un tipo se presentara en su oficina, todos los días a la misma hora, para intentar convencerla de que leyera en voz alta sus poemas eróticos. Los de él. De preferencia, decía, no allí, sino en su casa. La de él. Y ella vestida con un baby doll.

Ella (Teresa, se llama: le decíamos Teresita, y algunos, con muy mala leche, «Tersita») siempre se negó a todo lo que él pedía, hasta el final, pero el doctor Gala, su jefe (ahora mi jefe), le ordenó que nunca se negara a recibirlo: que lo atendiera con cortesía y durante todo el tiempo que fuera necesario. No dejó que sacaran al tipo ni cuando comenzó a ponerse, me dicen, más loco y más impertinente. Y tampoco permitió que ella pusiera una denuncia o llamara a la policía: el hombre podía ser un patán, o un macho horrendo, o más probablemente un enfermo mental, pero era amigo del Gobernador del Estado: así decía la carta de recomendación, auténtica, que el tipo llevaba consigo en cada visita.

 

Aquí sí se entiende todo

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Aquí sí se entiende todo

 

En el video aparecen dos hombres. Caminan entre los autos por el estacionamiento. La cámara está fija en el techo, o tal vez en una columna de cemento, y ambos se alejan de ella. Uno viste un overol naranja, muy sucio, y el otro una camiseta verdosa que alguna vez fue negra, pantalones de mezclilla y zapatos tenis viejos y gastados. Sus caras nunca se verán claramente: ahora están de espaldas, por supuesto, pero en cualquier caso las sombras serán siempre espesas y negras, de alto contraste. Además, la textura de la imagen es áspera, de poca resolución. Los colores son muy intensos –sobresaturados­–, pero esto sugiere que la grabación fue procesada.

De pronto hay un movimiento en el borde de la pantalla. Un tercer hombre se ha puesto enfrente de los otros dos. Está vestido de payaso: pantalones verdes, chaqueta roja y zapatos amarillos. Trae puesta una máscara blanca, probablemente de hule, con mechones de falso pelo de color azul o violeta.

 

Arte

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Arte

 

Qué dolor que el planeta entero acabe violentamente justo a las siete de la mañana cuando todo el mundo se ha despertado y sale a trabajar. Qué lástima que las noticias apenas logren hablar de la inquietud anunciada mundialmente por expertos y autoridades y casi nadie en la calle les haga caso y nadie entienda nada. Qué triste oír el primer temblor y ver las grietas más y más grandes y las lenguas de fuego que salen de bajo el asfalto en los paradores de autobús. Qué doloroso caer hacia la muerte en la primera oleada entre los trozos de suelo roto y los peatones y los pasajeros y los vehículos con sus conductores y los puestos de revistas y comida barata y películas piratas y los policías y los ladrones. Qué terrible no ver siquiera la belleza (terrible) que se contempla desde los helicópteros de tráfico y de policía y de los empresarios que iban a sacar adelante al país entero y también desde los aviones de pasajeros o de militares o de narcotraficantes cuando las llamas se elevan centenares de metros en pocos segundos y los alcanzan y los devoran y por un instante se vislumbran bajo ellas los ríos recién nacidos de lava y roca fundida que ya se han comido a tanta gente pequeña y que son mucho más grandes y profundos de lo que nadie llega a imaginar pues se ensanchan y se ensanchan y se ensanchan incluso después de haber quemado a casi todos y haber derribado a los edificios grandes y pequeños y haber borrado la ciudad entera, nivelado los montes, evaporado el agua y hecho polvo casa y palacios. Y qué tragedia en fin que los dos que aún no mueren y esperan morir aquí en la ciudad reventada, y allá, sobre el mar que hierve y se parte en dos, en esos dos puntos opuestos que la destrucción no ha tocado todavía…

 

Él escribe su nombre

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Él escribe su nombre

 

Esa noche ya sabía lo que deseaba: que Marga fuera mi novia en serio. Pero de todos modos fui al hotel con Silvia.

Pensaba (lo recuerdo bien) que no podía cortar con Silvia así como así. Que habíamos sido pareja durante años y, aunque ya no la quería, había que pagar esa última deuda: darle un último rato de estar conmigo, de sexo y de ternura. Ya no pienso así. He cambiado.

–Vamos para allá –le dije, tras salir del Metro. Yo era el encargado de seleccionar los hoteles y había elegido uno que no habíamos visitado: era relativamente nuevo y un poco mejor que otros que conocíamos. Estaba bien puntuado en un blog sobre hoteles de paso de la ciudad, que visitaba siempre que me hacía falta. Recuerdo haber pensado esto: que con esa comodidad un poco arriba del promedio, el recuerdo de nuestro rompimiento sería un poco menos amargo.

Fuimos más allá de los puestos de comida y películas piratas que rodeaban la estación y, en vez de ir directo al hotel, dimos el rodeo obligado: nos internamos por una calle oscura, de casas de un solo piso y comercios pequeños: una tienda de pinturas, una peluquería, una funeraria.

 

La gente buena

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La gente buena

 

Las cajas llegaron de Juárez a las nueve de la noche. Las trajeron por tierra, lo que siempre inquieta un poco, dado que la violencia allá, en el norte, es auténticamente incontrolable y en ocasiones le causa problemas incluso a nuestra propia gente. Pero dejé de pensar en eso cuando Marco subió las cajas al despacho, abrió la primera y vi los envoltorios.

–Qué primorosos –le dije–, qué fino el papel –y un poco después tuve que agregar–: ¡Y mira qué hermosos los frascos! Qué profundos los colores del vidrio… ¿El empaque lo harán allá también?

–Pues supongo que sí, señora –me dijo Marco, sonriendo, mientras terminaba de desenvolver los frascos y de colocar a un lado las hojas de papel, bien alisadas y una sobre otra–. Debe ser más seguro que encargarlo fuera. Pero además, señora, mire qué originales: azul, verde, amarillo, naranja, púrpura, pero no rojo. No hay ni uno rojo.

–Te dije que eran personas de buen gusto.

Marco asintió, por supuesto, y su sonrisa se volvió todavía más amplia que de costumbre.

 

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