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Entre malvados

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Vivimos rodeados de maldad, acobardados por la violencia, temerosos de todo lo que pueda ocurrirnos a nosotros y a quienes queremos. Lo vemos en la televisión, en los periódicos: maltrato, asesinatos en serie, abusos, terrorismo. Miremos donde miremos habitamos con ello y, sin embargo, no sabemos en realidad dónde se esconde el verdadero horror o qué podemos esperar de los auténticos causantes del mal. ¿Y si siempre hubiesen estado aquí? ¿Y si hacemos la vista gorda al acoso escolar y este no es sino el mecanismo infalible para perpetuar la violencia? ¿Y si ponemos cara a un asesino célebre, como Manson, pero olvidamos que parte de nuestra educación la heredamos de alguien tan cruel como Rousseau? ¿Y si todos nuestros miedos no fueran sino terrores primigenios? ¿Y si los causantes del mal fuéramos nosotros mismos?
Con este tercer y valientísimo libro de cuentos, Miguel Ángel Muñoz nos pone cara a cara, hasta hacernos caer de bruces, con la maldad –desde el realismo más cruel de algunos relatos, con el yihadismo o el 11-M como protagonistas, hasta el terror fantástico y legendario que viene a explicarnos la realidad, en el último de ellos–, y lo hace con todo el riesgo posible: aunque no queramos verlo, tenemos derecho a vivir con miedo, a tener miedo. Porque vivimos entre hijos de puta. Entre malvados.
De Miguel Ángel Muñoz se ha dicho: «Un dominio de la narración exuberante, con una contención y una atención por los detalles excepcional», Emiliano Molina; «Construye un mundo particular consciente de que con su mirada ofrece ese curioso envés que nos proporcionan los detalles más nimios de nuestra vida», Pedro M. Domene; «Su escritura congrega materiales diversos, pero siempre regidos por esa humanidad que no es producto de la evasión ni del sentimentalismo, sino de una visión tan ecuánime como insobornable ante los desastres de la especie», Marta Aponte Alsina.

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Somos los malvados

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Somos los malvados

 

 

 

Los maltratadores de niños llevaban
a su hijito a la iglesia los domingos.

Charles Simic

 

 

 

¿Qué ha sido de los hijos de puta que incendiaron mi infancia? ¿Quién les perdonó la vida? ¿A quiénes deben el agradecimiento por respirar? ¿Por qué ninguno de esos hijos de puta recibe su merecido? ¿Por qué yo, niño hecho lumbre, fui incapaz de buscarlos y urdir alguna venganza contra vosotros, si compartimos ciudad pequeña y calles estrechas, si solo la presbicia me impediría reconoceros, al cabo de tantos años? El hocico del perro vengador es infalible, pero he vivido hasta ahora inoculado por la cobardía: el castigo más perdurable que los hijos de puta infligen a sus víctimas.

¿Quién ha escrito, y dónde, que los niños que maltratan a otros niños redimen luego esos actos? Jamás hubo un adulto que reconociera con pena, con lástima o arrepentimiento, que pegó a otro niño, que le causó las maldades más imaginativas –darle pataditas diarias en los huevos, llamarlo gordo por lo bajini, decenas de veces al día, amenazarlo con una paliza si sacaba en el examen de matemáticas más de un seis, esconder en la cartera una cuchara y advertirle que en ella haría bailar su ojo–. Esos animales salían de la cama y se olisqueaban por el camino, se reunían en la senda, iban juntos al colegio, nadie podía enfrentarse a ellos, ni existía la rebelión de los vencidos, no se me ocurría organizar alguna trampa para salvarme de los daños. Se palmeaban las espaldas, para darse ánimos y agitar los pensamientos: nuevas maldades.

 

Intenta decir Rosebud

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Intenta decir Rosebud

 

Las ventanas están demasiado sucias. No habrán tenido tiempo de limpiarlas. Los sonidos de la calle ascienden hasta el ático y se enclaustran en él. Se ha tumbado en el sofá apenas María se ha marchado con Daniel, camino de la escuela y del trabajo. Lleva dos horas y media concentrado en la respiración y en los ruidos. Están por todos lados, ocupando rincones. La madera del aparador cruje, acosada por el caudal repentino del aire acondicionado. Experimenta con la temperatura ideal para su cuerpo. Marca dieciocho grados en el mando a distancia. La máquina le avisa de su obediencia con un silbido. Oye cómo aumenta el vigor del frío. Pero no espanta el sofoco que lo ahoga. Se roza con el pulgar el cerco de sudor en el cuello, hasta la nuca. Ese sudor. Lo retira y mira la yema, limpia, aunque la piel ha tomado un color metálico, plomizo. Las ventanas están cerradas. Demasiado sucias. No han podido limpiarlas. Se niega a abrirlas para que corra el aire de marzo. Bajará las persianas. La habitación queda sumergida en la penumbra. Enciende la lámpara de jaspe negro. Su débil luz es reconfortante. Será esa penumbra la que reciba a María cuando vuelva acompañada de Daniel, al comienzo de la tarde.

 

Modos de pasar la tarde

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Modos de pasar la tarde

 

No le doy más importancia. Es una forma de distracción como otra cualquiera. Me relajo en el sofá y me entrego al desfile. Disfruto con esos amores expuestos, con los reproches que se lanzan las parejas ante el público del estudio, que ensaya risas enlatadas. Gracias a las telenovelas sudamericanas amplío mi vocabulario. A veces hay violencia, no puede negarse, y a veces es gratuita, tampoco lo niego, pero la violencia también instruye sobre las oscuridades del alma humana, y alerta sobre los peligros del hombre para el hombre. Adúlteros, borrachos, chóferes despechados, silicona al por mayor, malos tratos, rumores, sospechas, fotos robadas, posados, amores y fracasos. No otra cosa es la vida; a eso conduce todo. Amores y fracasos, violencia y enemistad. Quisiéramos que las cosas ocurrieran de modo diferente, pero la televisión se limita a mostrarnos las pesadillas que ya ocurrieron. Por eso no la culpo de nada, y al final siento cierta recompensa. La tarde pasa, y apenas sufro, ni pestañean mis ojos. No lloro ni soy una molestia para nadie. Es una tarde perfecta, hasta que mi madre aparece al cabo de dos horas, con esa papilla repleta de sabores a tierra y carne machacada, que según ella me hará crecer, tener pronto unos dientes sanos. Ser un niño inteligente y fuerte, como papá.

 

Pretty girl

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Pretty girl

 

Aún no ha llegado la chica bonita de los antiguos grandes almacenes. Siempre vestida de rojo o de negro, siempre mirándome y mirándola en la planta baja de este rascacielos vacío, en plaza de España. Cerradas para siempre sus oficinas y los restaurantes con terrazas donde refulgía la Gran Vía. Un gigante fantasmal, aunque quedamos unos pocos. Sobrevivimos con algunos víveres y mantenemos limpios nuestros apartamentos. Mi temor ahora es que la confundiera al darle las señas. A veces pierdo la memoria. Me demoro haciendo cosas extrañas con mi cuerpo y con los cuerpos de la habitación cerrada. Ayer perdí la llave y rebusqué por cada rincón. Escuchaba su quejumbre pero no podía acceder hasta ellos. Seguro que a la chica bonita de los grandes almacenes –hay maniquíes desmembrados y cubiertos de polvo–, la chica de rojo o de negro, le di la información correcta. Vivo en el 201, pretty girl, lejos del cielo, repetí y repetí. No quiero que toque otra puerta por error. Deseo ver su sonrisa cuando la reciba y la invite cortésmente a pasar. Romperemos el hielo con un juego sencillo: quien encuentre las llaves extraviadas entrará primero en la otra habitación.

 

Los nombres

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Los nombres

 

Lleno de rabia, directo a la portería. Claro que escucha los gritos de Molina y de Carlos, tan agresivo, pero ahora le toca a él. No voy a pasarles, esta es mía. Antonio reclamándole, tira o pasa, tira o pasa, y Eduardo ni pasa ni tira, aguanta, le apetece, es su rabia, la acumula con cada regate, a cada metro ganado, conforme ve más cerca la cara de Luis bajo los palos, con su sonrisa y los ojos entrecerrados, como cegado por el sol. Pero es de noche en Guadalajara, y venga risa y es igual, porque va a dispararle y el balón le rebasará por la escuadra, agárrate a la madera, que te lanzo y saldrás volando. Ríe lo que quieras, hoy te puedo, no me iré sin marcar, cosas suyas, y Luis con sus mojigangas, pero Eduardo va fiero a por él y sus compañeros le reclaman la pelota, o disparas o pasas, decídete, decide, ¿qué nombre le pondremos?, sugiere o lo pongo yo, decídete o decido yo, su mujer, cobijada en la cama bajo su brazo, a veces con gestos de enojo, como si fuese de verdad eso, un desafío, ponerle entre la pared y una espada muy dulce, y Eduardo remolón y lento, sin ira ni rabia, juguetón entre sábanas, déjalo para después, con Lucía lo decidimos en el último momento, y ni siquiera sabemos si ahora será hija o hijo, ella era partidaria de saberlo, pero él se empeñó, con la niña Lucía fue a tu manera, déjame que yo pinte algo, y su pintura fue un lienzo vacío porque prefirió abstenerse de saber, él o ella flota dentro de ti: disfrutemos, disfruta, y acomodaba su cabeza bajo el ombligo de Nuria y oía las palpitaciones pero se negaba a compararlas con las de Lucía, su mujer le invitaba a hacerlo, son parecidas, movimientos bruscos, tranquilo, él muy tranquilo, aunque a veces ella se sentía demasiado pesada y eso la ponía nerviosa, o lo nombras o decido yo, pero mujer, si no sabemos si es niño o niña, si no sabemos, le contestaba él, pero Eduardo, replicaba su mujer, no lo sabemos porque te negaste a que los médicos lo dijeran, y vamos a la prueba de las correas y lo mismo, le adviertes a la enfermera y al matrón, no quiero saberlo, y el matrón te recuerda que en esa prueba no se hace ecografía, pues no queremos saberlo, por si acaso aviso, aquella decisión una simple manía como otra cualquiera, no te preocupes, estate tranquila, estoy tranquila, pero bueno, te advierto, se llamará Leonor si niña, como mi abuela, Andrés si niño, como mi abuelo, niño viejo ya desde el principio, niño viejo, ya decidiremos, pero Nuria le recordaba que faltaba un mes, no tenían tanto tiempo para decidir, qué más te da, me veo gritando en el paritorio sin saber si Leonor o Andrés, decídete o decido yo, aunque él se sentía tan cómodo bajo su vientre, apoyado en las piernas plegadas por Nuria formando una cuna para su cabeza, que muchas veces no era capaz de oír su voz, simplemente se dormía, tranquilo y lento, tan distinto al nervio de las noches de fútbol, voy a por ti, Luis, por toda la escuadra, iba a por él, a por todos, quería vencer a todo el equipo él solo, aunque el partido ya estaba perdido, no se explicaban aquel repentino ataque de ambición, un Eduardo que solía limitarse a iniciar la transición de la jugada entre la portería de su equipo y la del contrario, Eduardo tantas veces animado por los compañeros a que atacara el puesto de Luis, que lanzara y lanzara pero siempre se detenía a unos metros, como cansado, mejor no me complico la vida, no disparo, mejor os matáis vosotros porque luego llegan los rechaces y las hostias acaban por pillarme, no le gustaba andar por medio, prefería la distancia, mejor el salto de la celebración del gol estando en defensa que obligarse a regatear a los amigos con el temor de una mala patada, más de él hacia ellos que al contrario, y una vez que te metes en la cocina hay que pelear, llevar el balón al fondo, no puedes quedarte notando el sudor frío en la camiseta, aunque esa noche parece enfurecido por tantas veces que ellos le han pedido que se comprometa con el equipo, que se moje un poco, corre empujado por un frenesí irreconocible, también ahora se quejan, no saben lo que quieren, no me importa que Carlos esté desmarcado, brujuleando como siempre con su rapidez brillante muy cerca del área, moviendo los brazos con delicada exactitud, sabiendo cómo debe cerrar el paso al contrario para seguir de cara el balón, mientras Luis se mueve en la portería con saltitos breves, aparentando mirar a los ojos de Eduardo para desconcentrarlo y cegarlo, buscando conseguir que yerre el tiro. Luego se reirá de él y le tirará por la espalda de la camiseta mojada, «Eduardo, Eduardito, no das una, conmigo no puedes», pero esa noche Eduardo se ha prometido que no, esa noche se la traga, podrá con Luis, que a menudo bromea con él, burlándose de su aparente torpeza, y luego lo lleva a casa en su taxi. «El día que me metas un gol te cobro tarifa de carrera». Es su mejor amigo de todo el grupo y en ese momento su gran adversario, el muro a batir, los ciento noventa centímetros ominosos que le separan de la necesaria venganza. Quiere hacerlo antes de decirles que va a dejarlos por una temporada. Sí, ellos con seguridad le contestarán que lo sospechaban: Lucía no lo consiguió, pero nunca se aguanta demasiado tiempo. Ya le prometí a mi mujer que cuando llegara el segundo pasaría más tiempo con ella. Tres partidos a la semana, mas las horas perdidas tras salir del cuartel donde trabaja en intendencia, las caminatas despojadas de alegría por Guadalajara desde que el tren lo deja a la noche en la estación, un día completo sin aparecer por casa y su mujer sola, él sale de casa a las siete en punto, camino de Madrid, y a esa hora sujeta con la mano izquierda la puerta para contener el impulso de la derecha al cerrar y que ellas puedan dormir un rato más sin ruidos que las despierten; a la noche lo contrario, estruendo de llaves y abrir la puerta con aspavientos, gritos de reclamo: «La niña Lucía y la mamá grande, ¿dónde estáis?», aunque cuando no había fútbol lo esperaban detrás de la puerta, como si cada noche fuera noche de Reyes y él trajera una vez y otra regalos inesperados. La niña Lucía riendo fiera y la mamá grande disimulando una sonrisa imposible, agobiada por tantas horas hablando como una niña, inventando juegos para Lucía, con dos años y muchas ganas de correr. La mamá grande, en una mano dibujada con ceras una vaca voladora rosa, y en la otra la monda de una pera que la pequeña saborea en su boca ácida, devoradora de todo lo que pasa entre sus tiernos dientes. Casi hora de acostarse y Eduardo siempre a última hora, con el tiempo justo de ver los ojos de la niña a punto de gastarse, cerrándose por sorpresa, como por efecto de un resorte. Cuando el vientre de Nuria recuperó la forma dulce del embarazo, que a Eduardo le ponía de tan buen humor, él volvió a refugiarse en la cueva suave que nacía en el ombligo de Nuria y llegaba hasta su pubis. En ese lugar tranquilo, ausente de todo, apoyaba su cabeza hasta que el sueño le podía o ella le reclamaba un poco de respiro. Procuraba no molestarla ni dañarla de algún modo pero aquella postura lo relajaba y no le resultaba difícil imaginar que sería capaz de escuchar un latido nuevo, un compás que manifestara con su ritmo débil la vida que se acercaba. A veces se dormía y Nuria aprovechaba para hacerle peticiones imposibles a las que no hubiera accedido estando sobrio. Si aquella ebriedad con la que lo adormecía el contacto de la piel dilatada de su mujer no lo llevara a decir que sí a todo, para sentirse absolutamente tranquilo, como si en su vida no fuese a conocer un problema más, seguramente no se habría conformado con la petición de Nuria, estarás más tiempo conmigo y con las niñas, pronunciando la frase como un mandamiento ante el que no cabían oposiciones o dudas, dejarás el fútbol y cualquier otra cosa que te distraiga de nosotras y verás cómo crecen tus hijas, y Eduardo, sin pensar en el significado de su respuesta, valorando nada más que el sonsonete agradable y rítmico de sus palabras, dijo: «sí», intentando imprimirle un deje de energía para aparentar que podía oponerse a lo que Nuria ya había decidido por él. Le gustaba, eso sí, urdir pequeñas venganzas sin daño, y luego no tenía más remedio que divertirse con su maldad ingenua de baratillo. Como una broma que terminó por creerse, se le ocurrió mantener el misterio del nombre del hijo o de la hija a la que Nuria se empeñaba en nombrar de mil maneras, pensando que, si él cambiaba de opinión, podría lograr de su mujer una moratoria, que no le importase al menos una noche de ausencia, un partido semanal con su equipo de fútbol sala. Al poco tiempo, sin embargo, ya se había convencido tanto de la necesidad de estar más tiempo con ellas, además del fin de semana, como de la necesidad de desconocer cualquier detalle del bebé. Lo fiaría todo a una sorpresa continua, así tendremos, le dijo a Nuria, la sensación de que entramos por completo en una nueva época. Una época menos ensimismada, con más despliegue de energía, menos abandonado a su depresión tranquila, a esa sensación de rutina, cuartel casa cuartel fútbol distracción pequeña. De pronto, miraba a Nuria y a su hija y sentía que además de quererlas las necesitaba, le apetecía estar con ellas, donarles toda la nueva confianza que la vida le imprimiría, sin dudas ni remordimientos. Quizás había llegado el momento de buscar un trabajo en Guadalajara, un trabajo de mañana que no le obligara a desplazarse a Madrid cada día, a estar siempre fuera, tantas horas perdidas en el tren, el C2 hasta Atocha y de allí un autobús hasta la cocina del cuartel. Calles y calles, las mismas una tras otra. El fútbol le redimía de esa sensación de rutina, pero ahora no, también renunciaría a ese deporte, sería sincero con sus dos chicas, la niña Lucía lo pedía con su sonrisa, la mamá grande claramente, con advertencias serias. Bien, bien, el tranquilo Eduardo está dispuesto a ceder, sus venganzas nunca son serias, a excepción de la última. Esa noche de balón, delante de la portería, se vengará de Luis por tanta afrenta y tirones de camiseta, por sus bromas de amigo travieso, por su genética excesiva y el poco hueco que deja en la portería, un castigo amable que infligirle antes de retirarse del equipo, el último gol del que hablar delante de las cervezas a las que lo invitará de vez en cuando. Vamos allá, Eduardo, sin mirar la pelota que casi se le escurre entre las piernas, a cada metro más difícil su control, y Carlos pidiéndosela otra vez, mía, lo tengo a huevo, pero Eduardo se niega, le da la espalda y la pisa con la bota derecha, el balón está a punto de tocar la línea de banda, y Miguel, tranquilón como él, acosándole más con sus gritos que con una entrada, no le bloquea, como si intuyera que es algo entre Eduardo y Luis, una rivalidad que solo a ellos les incumbe y que es elegante respetar. Miguel, ante todo, es así, elegante, y sus compañeros también le reprochan, éntrale, éntrale, la letanía del futbolista aficionado, pero él se abstiene de pronunciarse, si el partido ya está ganado, por esta semana el orgullo está a salvo, levanta las manos abiertas como indicando a un árbitro fantasmal que él no ha tocado al atrevido delantero, que la jugada es limpia, y esos instantes son los que necesita Eduardo para reorganizar sus piernas, hacerse de nuevo con el balón y encarar los metros definitivos hasta Luis, que ha dejado de saltar, en la creencia de que Eduardo no podrá con él y desbaratará la jugada que ha creado apenas dé unos pasos más, cerca ya de la portería. Entonces Eduardo piensa en su mujer y en su hija, y se siente pletórico, piensa en su bebé y su fuerza aumenta, seguro de que esta noche le dará una alegría a Lucía, al fin le hará caso, cada vez más caso, a su lado, cerca de su piel estirada y cálida, donde los ecos del niño oculto son como llamadas de un lugar remoto en el que apetece acomodarse y dormir, pasar las tardes oyendo por la radio esas canciones tristonas pero tan bonitas, como «Yesterday», que su mujer estuvo tarareando anoche mientras preparaba la cena, una canción antigua pero bonita, y en ese preciso instante, mientras piensa en Lucía moviendo con una cuchara de madera la salsa de tomate casera, susurrando la canción que suena en la radio, su voz arrastrada y dulce junto a la de McCartney, siente una gran ternura hacia ella, y descubre que el nombre ya está en su mente. Cuando llegue a casa, con la niña dormida hace rato, no le contará a su mujer que por fin ha podido con Luis, que le tenía ganas y se ha tragado la pelota, eso no lo dirá, una anécdota sin importancia, lo que hará será abrazarla y susurrarle al oído el nombre, un nombre de niña porque sabe que va a ser niña, confía en mí, Nuria, sé lo que me digo, y ella se burlará, qué alegría, un médico en la familia, si me pongo de parto tengo a quien acudir, ríete, pero será niña, y se llamará así, el nombre susurrado en el oído de Lucía, como un testimonio, como la entrega de un secreto que nadie más ha de saber hasta que llegue el momento, la revelación cabalística. Pero eso será más tarde, cuando el partido acabe y Luis tenga que llevarle a casa de morros en el taxi, con Eduardo devolviendo las bromas, mañana, once de marzo de dos mil cuatro, tu leyenda ya estará por los suelos. Se va a enterar todo Guadalajara y Madrid, lo contaré en el trabajo a quien pueda, será como el gol de Zarra, lo vas a recordar siempre, remachará. Por eso, porque queda poco tiempo y la hora está a punto de acabar y las luces se apagarán, dejando la pista alquilada a oscuras, Eduardo detiene la carrera y se dispone a lanzar. Quiere volcar en el disparo sus últimas fuerzas, y, como si pronunciase un sortilegio, empuja la pelota hacia la portería, desde el aire, con un resoplido cansado en los labios y el nombre de su hija en la cabeza.

 

Aguantar el frío

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Aguantar el frío

 

Desde su posición, la piscina municipal podía ser vigilada a cualquier hora, en todo momento. Las vallas que cercaban el recinto seguirían cerradas hasta finales de abril, dentro de tres meses. La niña no podía haberse metido allí por un descuido. En primer lugar, apenas los padres denunciaron la desaparición, sus agentes comprobaron que no hubiera ningún agujero inadvertido. El cobertor invernal de la piscina estaba perfectamente sujeto. Revisaron los tensores. Ninguno se había soltado, pero el capitán Romero ordenó que los desataran para asegurarse de que el cuerpo no hubiera caído al agua. Un agente se coló por el rincón que habían dejado al descubierto, en la zona de las escaleras, y buceó por el fondo, palmeando cada rincón de la fibra de vidrio como si quisiera accionar un resorte secreto. Era de noche, y utilizó una linterna acuática. El capitán miró los haces verdosos que repicaban bajo el cobertor, sin llegar a romper su opacidad protectora. Abajo no había nada.

 

Pronto seré bueno

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Pronto seré bueno

 

La primera vez fue una piedra. Ella salió volando, ella abrió la cabeza de Néstor, ella derramó la sangre, y yo derramé la risa, nerviosa y feliz. Me había atrevido a hacerlo. Al día siguiente los franquistas tomaron la ciudad, y se acabó la tranquilidad: volvieron las clases, pero Néstor nunca regresó a ellas. Se buscó otro colegio, yo qué sé, se cagaría por las patas abajo. Nunca me dijo nada..., ¡y que lo hubiera hecho! Estaba dispuesto a todo. A declarar otra guerra para machacar a ese niño cagón, si hubiese sido necesario.

También palpé muchas veces la navaja en el bolsillo. Se la robé a mi padre. Él la utilizaba para mondar naranjas y granadas, para cortar el pan en rodajas, los días de campo. Nunca supo que yo se la había quitado. Al poco le vi con otra, con puño dorado, albaceteña. No podía sospechar que acariciar el lomo nacarado de la que le había quitado, el filo inofensivo de su hoja cerrada, me producía un placer morboso. Mientras los profesores daban sus clases y nos obligaban a dibujar carteles con alabanzas al nuevo Rey de España, yo imaginaba a qué pasmado podía sorprender a la salida, a quién podía meter en vereda. A Pablo, por ejemplo, el puto Pablo con su hermana que me odiaba y no quiso mirarme, la rubia y angelical Ana. Lo cogí en el callejón esquinado y estrecho por el que teníamos que pasar para llegar a nuestros pisos, en el mismo barrio, y le di de hostias, con ganas. Se dejó porque en la otra mano, la que no le golpeaba, la navaja estaba abierta, feliz y preparada.

 

Un hombre tranquilo

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Un hombre tranquilo

 

Tararea una canción, sin dejar de preguntarse cuántos en el vagón estarán haciendo lo mismo. La canción es «El último habitante del planeta», de Mastretta. Un hombre decide a qué puede dedicar una tarde aburrida, siendo el último habitante del planeta. Ir al cine, pensar en mujeres prohibidas, cazar moscas con la palma cálida de una mano. Tomar el sol en playas deshabitadas, buscar en los bajos de las estanterías los libros sin leer. Pensar en qué hacer durante el resto de una vida que se presenta solitaria. Y en el vagón, tras los rostros soñolientos y las mochilas, atestadas por los libros de clase, que los muchachos sujetan para protegerlas durante un sueño intermitente, tras libros abiertos y periódicos desplegados, tras niños tranquilos y madres cuidadosas, quizás hay otras canciones oídas la tarde anterior, melodías que revolotean las cabezas de muchos. Sonidos que se amarran a la memoria en los momentos vacíos y sin pensamientos que el trayecto regala con frecuencia.

 

Los hijos de Manson

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Los hijos de Manson

 

 

 

–¿Alguno de tus hijos ha seguido tus pasos?

–Todos son mis hijos, y cualquiera que me

haya visto está siguiendo mis pasos.

Entrevista con Charles Manson

 

 

 

1
Manson

 

Todo crimen en el que no se conocen previamente víctima y asesino es un macabro homenaje al azar, a las casualidades que lo preceden.

Se le ha conocido como «el caso Sharon Tate», pero también como «los crímenes de Manson» o el «drama de Roman Polanski». Los brutales asesinatos del 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, simbolizaron el fin de una época. O así hemos querido recordarlo. Unas semanas antes de los hechos sangrientos, la llegada del hombre a la Luna indicó el amanecer de un tiempo nuevo, pero su contracara fueron los absurdos crímenes en los que quedaron mezcladas para siempre estrellas de cine y gurús de poca monta que habían adoptado la filosofía hippy y un gusto nazi por la violencia insensata.

 

Donde el Borgión se esconda

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Donde el Borgión se esconda

 

 

 

Para Jesús Ortega,

que escuchó la historia.

¡Vijay!

 

 

 

–Tengo que contarte la verdad. Mi deber es avisarte. Obligación de padre. Pero, aunque no lo fuese, un hombre justo no haría pasar el peligro por aventura a los ojos inexpertos de un joven. Ocurrirá de la siguiente manera: subiremos a lo más alto de la Montaña, donde nunca has estado y adonde jamás volverás hasta que algún día seas padre y tu hijo tenga la edad que ahora tienes tú; dejaremos el coche lo más cerca que podamos de la boca del bosque; entraremos allí, los dos solos, abriéndonos paso con los machetes o con nuestras propias manos si fuese necesario. Desde ese momento, la caza habrá comenzado. Que no te entre el pánico. Te acompañaré en un primer momento. Eso sí: después, cuando yo lo considere, desapareceré. Te quedarás solo, en lo más profundo del bosque, allí donde el Borgión se esconde. Tu obligación es matarlo, acabar con él antes de que pueda atraparte, deshacer tu cuerpo y convertirte en arena de río. Si, como tantos otros antes que tú, fracasas en el empeño después de dos noches tras su rastro, al menos te harás con algún trofeo. Una muestra de su existencia. Todo lo demás se considerará fracaso, humillación. Ya sabes qué vida te espera si eso ocurre. Nada decoroso. Una decadencia idiota.

 

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