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Billie Ruth

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Un niño que descubre fascinado que el hermano mayor de uno de sus amigos es un asesino; un padre que obliga a su hijo a acompañarlo a vender droga; una adolescente que trabaja clasificando restos de seres humanos en una fosa común en los Balcanes; un maestro de escuela enviado a las minas bolivianas que aprende que tiene por vecino a un minero violento; un estudiante latinoamericano en una universidad del Sur de los Estados Unidos, enamorado de Billie Ruth, una chica perturbadoramente desprejuiciada. Los magníficos relatos que componen este libro de Edmundo Paz Soldán son un catálogo del horror contemporáneo: la violencia de sus personajes descubre el intenso desasosiego existencial que los anima.
Billie Ruth muestra de manera contundente –tanto en cuentos breves como en relatos de corte más tradicional, en paisajes urbanos como en espacios alejados de la civilización, en registros realistas como en otros con un toque fantástico– por qué Edmundo Paz Soldán es considerado una de las referencias imprescindibles de la narrativa hispanoamericana contemporánea.
“Entre los nuevos autores latinoamericanos, la voz de Edmundo Paz Soldán es una de las más creativas”, Mario Vargas Llosa.

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El acantilado

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El acantilado

 

A las cinco de la mañana el padre despertó al hijo y le dijo que se vistiera, había llegado la hora. Con los ojos soñolientos y la voz entrecortada, el niño vio ese rostro barbado, esa mirada azul y penetrante, y le dijo que no quería ir. Su madre le había dicho que no tenía que hacerle caso en todo a él, que incluso no estaba obligado a quedarse con su padre los fines de semana.

El padre le agarró el brazo con firmeza y dijo:

–¿Qué es eso de no querer quedarte conmigo? Ella no sólo se va con ese imbécil, ahora te mete ideas para que no te vea más. Vístete.

El niño se levantó y, mientras se sacaba el pijama y se ponía los jeans y los tenis, se preguntó qué había sido primero. Si su madre había dejado a su padre cuando él comenzó a hablar de platillos voladores, o si el padre había comenzado a hablar de platillos voladores una vez que la madre lo dejó. Cuando ella se fue de la casa, él dijo que la ciudad era muy chica para los dos y dejó su trabajo y vendió la casa y compró una cabaña a tres horas de la ciudad, a quinientos metros del acantilado. Había vistas espectaculares del mar, pero la región era desolada y el niño odiaba los fines de semana en que era el turno de estar con su padre; no había televisión en esa cabaña, ni computadora ni videojuegos. Sólo podía leer y jugar juegos de mesa, cosas que no le llamaban la atención.

 

Casa tomada

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Casa tomada

 

 

 

A Julio Cortázar y Ryan Adams

 

 

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Nos habituamos tanto que entramos a los cuarenta años y seguíamos viviendo en ella y nadie se daba cuenta. Venían algunos hombres a sacar los muebles de la casa, pasaban a nuestro lado y no nos decían nada. Irene se ponía muy triste, se acurrucaba en mis faldas y me pedía que les dijera que la casa no estaba en venta. Yo acariciaba su pelo y le pedía que se calmara.

La casa se fue vaciando de muebles. Los primeros días nos pareció penoso. Tratábamos de recordar cuándo había pasado la casa a posesión de nuestra familia. Yo bailaba solo por el piso de madera y ella hacía como que firmaba los papeles de la compra. A partir de ahora sería sólo nuestra.

 

Bernhard en el cementerio

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Bernhard en el cementerio

 

 

 

A Miguel Sáenz

 

 

 

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: «Herta Pavian, cuarenta y seis años». No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, «pavian» es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reírte, Pavian, querían que te corrigieras y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

 

Extraños en la noche

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Extraños en la noche

 

–Felipe, ¡despierta!

–Eh, eh… –abrió los ojos sobresaltado.

–Escuché ruidos abajo –susurró Rita–. Tengo miedo.

–Los muebles hablan entre ellos de noche. Vuélvete a dormir.

–Es en serio, Felipe. ¿Y qué si nos roban?

–Eso. ¿Y qué?

Felipe terminó de despertarse. Había babeado en la almohada y en su polera con un dibujo del Demonio de Tasmania, el sueño muy profundo, el trabajo en el banco lo dejaba listo para el uppercut final de una hora de televisión y después a dormir. Ese era el precio de tanto triunfo. No podía quejarse. No debía quejarse.

Hubo un silencio y ahora sí escuchó, nítido, un ruido como de objetos de metal entrechocando. Pasos sigilosos. Edipo no había ladrado, para eso uno compraba perros.

–¿Vas a bajar? ¿Vas a bajar? ¡Ten cuidado!

No hubiera querido bajar: ¿para qué arriesgar su vida? No le quedaba otra alternativa: la voz y la mirada de Rita habían decidido por él. Se dirigió al armario, estuvo a punto de tropezar con los controles del Super Nintendo en una esquina. Buscó el revólver de cacha nacarada, que jamás había usado. Colocó las balas con torpeza. Ah, Rita, tan obsesionada por el estéreo y las porcelanas de Lladró y los cuadros de Gíldaro y la alfombra persa y etcétera. Debía reconocerlo, había de qué preocuparse: los objetos se acumulaban, agresivos en su materialidad, ya tan imprescindibles en su universo que se tornaban naturales: formas convertidas en fondo.

 

Díler

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Díler

 

Papá viene a buscarme a las seis de la tarde, como todos los días. La bocina de su Cavalier rojo es estrepitosa, y continúa sonando incluso cuando me ve abrir la puerta de la casa y cruzar con pasos apurados el jardín de rosas secas. Es un mensaje para mamá, pienso, una manera de decirle que no podrá librarse fácilmente de él, del ruido de su presencia. Yo tampoco puedo hacerlo, y si bien hubo un tiempo en que contaba los minutos que faltaban para que llegara, en los primeros días de la separación definitiva, eso no duró ni un mes.

–Hola, campeón –la palmada en la espalda, el aire de complicidad, como si fuéramos miembros de la misma pandilla–. ¿Cómo te trató la vida entre ayer y hoy? No me digas. Seguro tu mamá te hizo hacer las tareas y te mandó al colegio y otras ridiculeces.

–Algo por el estilo. Pero tampoco me molesta.

–Eso es lo que me preocupa. Tendrás que venirte a vivir conmigo las vacaciones de fin de año. Con apenas un par de horas al día, estoy en desventaja.

 

Los otros

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Los otros

 

Fran se encontraba en su habitación cuando escuchó a su mamá llamándolo a gritos a almorzar. Suspiró: hubiese querido quedarse en ese espacio luminoso, continuar recreando, tirado en el piso con sus ejércitos de plomo, la batalla de las Termópilas. Le había tomado meses informarse de los pormenores de la batalla y proveerse de mapas adecuados. No había ido al colegio pretextando un resfrío; y era la libertad estar en sus pijamas azules y perderse en su mundo de juegos de estrategia, soldados que caían, generales que vacilaban, columnas en formación que incendiaban villorrios. Intentó ignorar los gritos, pero no por mucho rato. Cuando lo llamó su papá, debió bajar, cabizbajo, fingiendo tener la nariz congestionada para que no lo enviaran al colegio. Todavía en pijamas el jovencito. Seguro con tus soldados, ya no estás en edad. Algún día los haré desaparecer. Sentado en la mesa, papá hacía el crucigrama. Acababa de llegar de la oficina, no se había sacado la corbata. Me duele todo, papi. La nariz, la garganta. Cómo puedes tener un resfrío con este calor. Búscate una mejor excusa y charlamos. Escritor norteamericano de ciencia ficción, cuatro letras. En serio, anoche dormí con la ventana abierta y en la madrugada hizo mucho frío. No tengo idea, no sé de escritores. Igual, con ventana abierta o cerrada, no es motivo. A tu edad trabajaba a partir de las cinco de la mañana. Pero cuando uno tiene todo, se malcría. Había escuchado hasta cansarse el relato de la adolescencia sacrificada de papá, cómo el abuelo lo hacía levantarse temprano para que se hiciera cargo de los hornos en la panadería. Decía que hubiera querido criar así a sus hijos, pero su mujer se lo había impedido, consintiéndolos desde pequeños. Mamá se sentó a la mesa. Cómo te fue en el trabajo, preguntó. La respuesta fue un gruñido. Hubo otras preguntas, otros gruñidos. El segundero en el reloj del comedor se movía con parsimonia, el minutero permanecía inmóvil como una espada en desuso. Fran estaba ahí, pero no estaba. Escuchaba a sus papás, pero no los escuchaba. La sopa de pollo la sentía insípida. O acaso había comenzado a creer de verdad en su resfrío. Esta tarde saldré temprano, decía su papá, que se estaba dejando crecer las patillas y tenía una facha anacrónica, de guitarrista de banda de rock en los sesenta. Voy al dentista. Las palabras lentas, las sílabas mordidas. Voy. Al. Den. Tis. Ta. Creí que habías ido la anterior semana, dijo su mujer sin verlo, con ese tono incrédulo que usaba ante cualquier plan de su marido. Los lentes gruesos y la piel descuidada –archipiélagos de manchas negras en el cuello y las manos– la hacían ver más vieja de lo que era. Me sigue doliendo. Parece que me la tendrán que sacar. Partió el pan, y en ese momento Fran notó algo raro. Quizás era la forma en que había agarrado el pan, con la mano izquierda, él que era derecho. Continuó con la sopa, mirándolo de reojo. El ralo bigote, las ojeras que delataban las noches de póker. La sospecha se convirtió en certeza. Papá era él, y sin embargo no era él. Alguien lo reemplazaba, alguien aparentaba decir sus palabras con el mismo tono agobiado por la vida, y trataba de imitar su inimitable mirada sin lustre. ¿Mamá se habría dado cuenta de ello? Papá se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina. Mamá, susurró Fran. ¿Qué? Papá… Se armó de valor para terminar la frase. No es el mismo. Papá no es papá. Yo también lo he notado. Hace mucho que no es el mismo. Tanto trabajo cambia a la gente. No me refería a eso, mamá. Papá… es otro. Eso también decía tu hermano cuando llegó a la adolescencia. Por eso aprovechó el menor descuido para mandarse a mudar. Para eso los criamos, para que algún día levanten vuelo. Todos los hijos son ingratos. Papá puso una cubeta de hielo sobre la mesa y regresó a su silla. Miró a Fran, y este vio por un segundo un rostro de horror, como una máscara de plastilina que acabara de ser estrujada. Gritó, y saltó de la mesa y se dirigió corriendo a su cuarto. Papá y mamá se miraron. ¿Qué diablos le pasa esta vez? Yo levanto las manos, dijo ella. A ver si lo puedes poner en vereda. Ella siguió comiendo. Él tiró una servilleta al suelo y subió las escaleras a grandes trancos, acompañado por el crujido de la madera. Tocó la puerta del cuarto de Fran. Fran escuchó los golpes como si fueran el anuncio de algo siniestro. Se puso rápidamente unos jeans sobre el pantalón del pijama. Escuchó los ladridos de Springsteen, el malhumorado boxer del vecino, y a lo lejos las campanadas de la iglesia. Escondió a sus soldados de plomo bajo la cama, abrió la ventana y, agarrándose del reborde, se dejó caer al jardín.

 

El ladrón de Navidad

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El ladrón de Navidad

 

Apenas tienes nueve años y ya has robado una plumafuente con rebordes de oro –una reliquia de tu abuelo–, tres chompas de tus compañeros de clase, el maletín de cuero del profesor de lenguaje y el planisferio en una de las paredes del curso, las llantas de la bici de un primo (que vendiste en el Thantaqhatu) e incontables limpiaparabrisas de los autos de los vecinos, una billetera sin plata de papá, el billete de dos dólares que le traía suerte a tu mejor amigo, chicles y dulces de la tienda del Coronel en la esquina, un par de escalares en una fiesta de cumpleaños (los metiste a una bolsa y corriste a casa: sólo uno sobrevivió), y monedas de la cartera de mamá. Ahora estás en Miami y te has prometido no tocar nada: lo has visto en la televisión, los policías gringos son eficientes y no dejarán que te salgas con la tuya. Pero es temporada de Navidad, las vitrinas de las tiendas de juguetes te atrapan con sus luces rutilantes, hay por doquier cajas envueltas en papel regalo, y te es difícil no hacer caso a esa voz dentro de ti, esa voz susurrante pero a la vez más fuerte que la tuya.

 

Roby

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Roby

 

Teníamos trece años ese verano y nada nos gustaba más que jugar fútbol en tapitas, correr en bicicleta por el barrio y dejarnos impresionar por nuestros mayores. Admirábamos a Gordo porque jugaba en las divisiones inferiores del Wilsterman, a Alfredo porque salía con chicas diferentes todo el tiempo y nos había enseñado que «hacerse la paja» no tenía nada que ver con una escoba, y sobre todo a Roby, porque era feroz a la hora de repartir puñetes y patadas. Tenía diecisiete años, pero no iba al colegio porque lo habían expulsado de tantos que al final sus papás decidieron que era mejor mandarlo a un internado en Santa Cruz; seis meses después, reapareció en su casa como si nada. Ese mismo día los papás se enteraron de que le había roto la mandíbula al director del internado. Poco después llegaron los rumores de que había matado a un taxista cerca de la plazuela de la Recoleta, y que sus padres habían comprado el silencio de la mujer del taxista con tres mil dólares.

 

Volvo

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Volvo

 

 

 

A Jorge Benavides

 

 

 

A principios de los ochenta fui con mi curso en un viaje de promoción a Sucre y Tarija. Teníamos el propósito manifiesto de conocer más del país, chiquillos que vivíamos en el vacío creado por la campana de vidrio de la clase media cochabambina; todavía no se había puesto de moda eso de viajar a Bávaro o a otras playas caribeñas, pero seguro lo habríamos hecho si la espiral hiperinflacionaria de ese tiempo nos lo hubiera permitido. Conocer el país era apenas una excusa para encontrar un paisaje diferente a la hora del alcohol.

Durante las vacaciones de invierno nos quedamos tres días en Sucre y una semana en Tarija. En Sucre descubrimos que la Casa de la Libertad era mucho más pequeña de lo que creíamos, pero lo más notable fue coincidir con la promoción del Uboldi de Santa Cruz. Con Chichi y Juan Claudio nos acercamos a tres chicas sentadas en un banco de la plaza tomando helado. Para nuestra felicidad, descubrimos que estarían al mismo tiempo que nosotros en Tarija. Lilibeth tenía pichicas y una sonrisa que hacía florecer hoyuelos en sus mejillas. Me regaló una foto carnet dedicada que llevé en mi billetera incluso años después de que le perdiera el rastro.

 

Ravenwood

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Ravenwood

 

Santi abrió el refrigerador, lo vio vacío y le dijo a su padre que tenía sed.

–¿Quieres leche? –preguntó Fernando–. ¿Jugo de naranja? En un rato vamos de compras.

–Y cereales también. Los Lucky Charms, y los que tienen miel. ¿Puedo tomar agua?

Fernando sacó un vaso de plástico de la alacena y lo llenó con agua de la pila. Santi lo vació de un trago. Era verdad que tenía sed. Quizás no había sido buena idea traerlo al piso tan temprano; debió haber esperado hasta la tarde, después de haberse dado una vuelta por el supermercado y Wal-Mart. Había un televisor, pero no un sofá donde verlo; la mesa era la que Eli y él habían usado alguna vez cuando iban de picnic, cojeaba de una pata.

–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó su hijo–. Ya sé: ¡espadas!

Sacó un par de espadas de plástico de una caja de cartón donde Fernando había puesto, a la rápida, juegos de mesa y otras cosas con las que pensaba entretener ese fin de semana a su hijo. Eli le había dicho que se llevara todo lo que quisiera, pero él, entre apurado e incómodo, no había escogido bien. Con la Playstation hubiera sido más que suficiente.

 

Billie Ruth

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Billie Ruth

 

Conocí a Billie Ruth el último año de mi estadía en Huntsville. Era sábado, había ido a una fiesta del grupo de animadoras de la universidad. Toda la noche intenté que una de ellas me hiciera caso pero era en vano, sólo tenían ojos para los del equipo de hockey. No me había fijado en Billie Ruth pero coincidimos en una habitación al final de la noche: los dos buscábamos nuestras chamarras. La mía era de cuero negro, muy delgada, y vi que ella se la ponía.

–Disculpas. Creo que esa es la mía.

–Lo siento –se la sacó de inmediato–. Es mejor que la mía. ¿De qué sirve venir a las fiestas si uno se va con la misma ropa con la que ha llegado?

No sonrió, así que no supe si hablaba en serio. Pude ver su rostro muy maquillado, sus grandes ojos azules, unas pestañas tan inmensas que imaginé postizas. Su belleza era natural y sobrevivía a todos los añadidos artificiales.

–No encuentro la mía –dijo al rato–. Seguro alguien se la llevó. Me ganaron de mano.

 

Como la vida misma

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Como la vida misma

 

Ya sé que usted, como todos los periodistas, quiere saber qué fue exactamente lo que ocurrió. Reconstruir los hechos y ver si eso arroja una verdad. Hay muchos testigos y no le será difícil armar un relato coherente. El problema, supongo, será lograr que los hechos hablen. Porque si bien en principio todo esto tiene una fácil explicación, o más de una, en el fondo verá que hay algo inexplicable, incapaz de ser atrapado por el sentido. Como la vida misma, por cierto.

 

Soy el cuidador de las canchas del estadio. No me pagan mucho y me hacen correr un montón, Elizardo por aquí, Elizardo por allá, pero heredé este trabajo de mi tata, Dios lo tenga en su santa gloria, y aquí me he de morir. Todos los días, por la mañanita, recibo una planilla con la lista de quiénes utilizarán las canchas auxiliares. Hay campeonatos de todo tipo, ligas intercolegiales, torneos fabriles, interbancarios, no aficionados A, prácticas de los equipos de primera, de segunda, un largo etcétera. ¿Fuma?

 

El Croata

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El Croata

 

Estaba acostumbrado a ver cosas raras desde que me asignaron al pabellón de enfermos terminales. Un hombre que le regalaba a su hermano las tapaduras de oro de sus muelas; una mujer que le dictaba el testamento a su esposo, mientras el hijo adolescente, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, escuchaba música en su iPod; una niña con la cabeza rapada y los ojos saltones que pedía a gritos que sus padres la visitaran (pero ellos no venían porque estaban muertos). Nada, sin embargo, me había preparado para la llegada del Croata.

El Croata era alto y flaco, tenía los ojos hundidos y el rostro pálido. Sus arrugas profundas me hicieron pensar en mi padre, que ya no estaba conmigo. No tenía pelo, supuse que por la quimio. Los brazos largos le colgaban a los lados como los de un chimpancé, y las manotas eran de gigante: con razón no se le podía meter goles, dijo Ángeles, una enfermera rellenita con la que yo coqueteaba, sin suerte. Fue en sus tiempos portero, el héroe del Wilsterman; incluso había atajado en la selección y evitado la goleada del Brasil una noche gloriosa en el Maracaná. La tarde de su llegada al hospital, cuando me tocó con Max, que estaba de turno conmigo, ayudarlo a desvestirse para que se pusiera el pijama celeste, me topé con sus costillas salidas, su complexión cadavérica. Un ser de cuerpo tan atlético, un deportista vigoroso, se había convertido en un hombre esmirriado.

 

Srebrenica

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Srebrenica

 

 

 

A la memoria de Elizabeth Neuffer,
cuya investigación me permitió escribir este cuento

 

 

 

La casa en la que nos alojaríamos las cuatro chicas que llegamos a Bosnia de voluntarias –todas estudiantes de doctorados en antropología– se encontraba en Tuzla, una ciudad a la que se habían venido a refugiar las mujeres y los niños de Srebrenica después de que cayera en manos enemigas un año atrás; casi ocho mil hombres, bosnios musulmanes ellos, se quedaron prisioneros de los serbo-bosnios en Srebrenica. Luego se los llevaron en camiones a las afueras de la ciudad, con las manos atadas y los ojos vendados; a algunos los fusilaron en descampados apenas bajaron de los camiones; a otros los despacharon con un balazo en la nuca, y hubo a quienes se les ordenó correr y luego se los cazó como animales.

La casa estaba cerca de una iglesia abandonada y un bosque de pinos. Era vieja y tenía las ventanas rotas. El piso de mosaicos estaba lleno de desperdicios y había hormigas y grillos en la cocina. La taza del baño había perdido su asiento y había que traer agua en baldes para largar la cadena. La ducha era fría. No había televisor, pero sí una radio en la que se podía captar la programación internacional de la BBC. Había tres habitaciones y a mí me tocó compartir la mía con Debbie, una rubia agraciada, bajita y de pelo corto, que venía de Stanford. Las camas apenas tenían una sábana y un cobertor liviano; nos haría frío en las noches.

 

Azurduy

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Azurduy

 

Esto ocurrió hace varias décadas, cuando, ya terminada la Normal, fui a hacer mi año de provincia a un distrito minero en Oruro. No había cumplido los veinticinco años y tenía toda la energía que se necesitaba –que creía que se necesitaba– para afrontar semejante compromiso. Todavía el mundo no me había decepcionado y creía que no había mejor forma de hacer patria que conocer el país profundo. Papá me dijo que la ignorancia no sólo era atrevida sino estúpida; hacer patria, las pelotas. La patria está deshecha y mejor curarse de espanto y asumirlo. Ya verás lo que es vivir en el altiplano y sentir el frío en tus huesos. En todo el cuerpo, concluyó enfático. ¿Y ducharse sin agua caliente? Mamá no dijo nada porque ya había fracasado cuando trató de que yo estudiara abogacía o economía. Fue tu culpa, le dije aquella vez, lo heredé de ti, recordándole que ella había ido a la Normal y había sido profesora de música hasta que se casó con papá. Lo hice porque en esa época si vivías en Sucre y eras mujer y querías irte de tu casa no te quedaba otra, contestó. Ahora es diferente. Y nada. Yo había heredado la terquedad de papá.

 



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