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Nuestra historia

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Una historia de ciudades densas y abigarradas, donde la gente se sabe anónima en un mundo demasiado grande para almas pequeñas. Un libro poblado de personajes retratados en sus virtudes y defectos, en su afán cotidiano y en sus obsesiones, en sus aciertos y en sus errores, en la búsqueda frustrada –o el hallazgo imprevisto– de la felicidad. Pedro Ugarte vuelve a la escena del cuento con una propuesta intimista: sus páginas se revelan como una reflexión sobre la felicidad, esa percepción sujeta a todo tipo de opiniones y planteamientos.Esta exploración se desarrolla en el paisaje de la sociedad actual, una sociedad golpeada por una crisis económica, cuyos efectos se extienden a todos los órdenes de la vida. El resultado, sin duda, es el mejor libro de cuentos de Ugarte y uno de los mejores libros que hemos leído sobre los tiempos que nos han tocado vivir. Nuestra historia. 
De Pedro Ugarte se ha escrito: «Sus cuentos deben situarse entre los más personales y valiosos de los escritos por los autores de su generación», Pedro Martínez Zarracina, Territorios; «Un autor con talento para narrar», Diego Marín A., La Rioja; «Un narrador maduro y valioso, que atraerá a quienes todavía piensan que una buena historia tiene la obligación de estar bien escrita», Ignacio González Orozco, Culturamas; «Literatura de altos vuelos», Eduardo Laporte, Neupic; «Un seguro talento literario», Germán Gullón, ABC.

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Días de mala suerte

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Días de mala suerte

 

A Medardo Fraile

 

La comunicación decisiva debió haber sido a principios de octubre, pero el abogado tardó un tiempo en llamar. Fue un nuevo periodo de angustia, de intensa opresión sobre las sienes. Todas las noches me metía en la cama premeditadamente exhausto, de madrugada, porque solo así lograba conciliar el sueño. Dormir era el único estado en que me sabía a salvo del sufrimiento, pero aun acostándome muy tarde me despertaba con la primera luz del día y volvía a pensar en lo de siempre: en la ruina que amenazaba a mi familia, en la ejecución de las cuatro hipotecas, en los recibos bancarios que, si las cosas se torcían, ya no iba a poder pagar. Blanca sabía lo que estaba ocurriendo. Yo la había atormentado notificando día a día nuestro avance hacia el abismo, hasta que un día me confesó, llorando, que quería ocuparse de los niños y de la casa pero no oír nada más sobre ese asunto. Sí, yo había sido injusto con Blanca hablando constantemente de nuestros problemas financieros, pero ahora lo era ella conmigo obligándome a digerirlo todo en soledad. Lo cierto es que pactamos no hablar más sobre los apartamentos: hacerlo no servía de nada y había que evitar que nuestros hijos se vieran afectados por aquella atmósfera angustiosa. Ellos eran lo más importante. En realidad, ellos eran lo único importante que aún quedaba entre los dos.

 

Verónica y los dones

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Verónica y los dones

 

A Esteban Padrós de Palacios

 

Verónica tenía una especial habilidad a la hora de hacer regalos. Era un sexto sentido, un instinto, un don que le permitía traspasar la piel de las personas, viajar por sus entrañas y diseccionarlas con la precisión de un cirujano. A Verónica le gustaba hacer regalos, pero le gustaba todavía más el proceso antecedente, un largo y moroso itinerario cuyas etapas iba cumpliendo con sistemático rigor: observar a una persona, analizar gustos y necesidades, concebir para ella un obsequio, explorar el mercado en su busca, comparar precios y calidades, evaluar los distintos modelos, elegir por fin alguno. Cuando Verónica emprendía la misión de hacer un regalo, el universo entero se dirigía hacia ese fin preciso. Eran incontables las pesquisas y las exploraciones, incontables las tiendas y los catálogos revisados con la aplicación de un cartógrafo o de un miniaturista. Los centros comerciales, los grandes almacenes, los folletos, las ofertas de Internet, todo el planeta se ponía al servicio de un designio: comprar a su sobrino unos patines, regalar a mi madre un nuevo bolso, elegir un juego de servilleteros, unos prismáticos, una falda, una impresora.

 

Vida de mi padre

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Vida de mi padre

 

A Antonio Pereira

 

Entonces no supe darme cuenta, pero aquel iba a ser el día más importante de mi vida.

Yo había llegado del colegio, estaba dejando la mochila en la cocina cuando desde el fondo del pasillo surgió la voz grave y profunda de mi padre.

–¿Jorge? ¿Eres tú, Jorge? Ven, por favor.

Mi padre estaba en el salón, sentado en su sofá, haciendo un crucigrama bajo la luz de una lámpara de pie. Mi padre siempre estaba haciendo crucigramas. Hacía crucigramas por la mañana. Por la tarde, después de una breve siesta, seguía haciendo crucigramas. Los terminaba con absoluta concentración. De hecho, nunca emprendía uno nuevo sin haber acabado el anterior, así necesitara horas y horas para conseguirlo. Solo después de la cena dejaba de hacer crucigramas: entonces encendía la tele. Esa era la vida de mi padre. A mí me daba un poco de vergüenza. En el colegio, tarde o temprano, todos hablaban de su casa y del trabajo de sus padres. El padre de Dávila era abogado, el padre de Tamayo era pediatra, el padre de Aranceta tenía una joyería. Mi padre solo hacía crucigramas. Cuando me preguntaban «¿En qué trabaja tu padre?», yo no sabía qué contestar. Lo peor era que Dávila ya había notado algo raro y en los recreos siempre me preguntaba lo mismo. Lo había hecho tantas veces y yo había callado tantas otras, que aunque ahora me propusiera inventar alguna cosa ya no resultaría convincente. Por eso estaba seguro de que, antes de final de curso, tendría que pegarme con Dávila. Era una de esas certezas que extraen los chicos en los patios de colegio y los colocan, por fin, frente a la vida.

 

La muerte del servicio

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La muerte del servicio

 

La propuesta de Jon Kepa me pareció un rapto de sentimentalismo inoportuno. Cuatro amigos, veinte años después, volviendo en pleno invierno a la ría de Guernica, escenario de antiguas correrías. Un fin de semana en la casa del embarcadero. Recordar los viejos tiempos. ¿Fueron aquellos, de verdad, los viejos tiempos? ¿Y habíamos envejecido lo suficiente para hablar de esa manera? El solo hecho de formular esas preguntas era la antesala de la auténtica y odiosa vejez. Lo cierto es que las cosas habían cambiado mucho en veinte años, pero yo me había propuesto no mostrar ninguna debilidad ni permitirme un resquicio de nostalgia. Qué demonios, las cosas habían cambiado, claro que habían cambiado. ¿Por qué no iban a hacerlo? Lo preocupante habría sido que nada hubiera cambiado en tanto tiempo.

Ramón era notario, pero seguía tan serio y tan callado como cuando nos acompañaba en nuestras juergas, siempre dos pasos atrás, adoptando el papel de testigo leal y silencioso. Llevaba quince años casado con una mujer más larga que alta, más flaca que delgada, que no miraba a los ojos, hablaba en voz muy baja y mantenía una dieta de salvado, fruta y vegetales. No tenían hijos y nunca aclararon si aquella había sido una decisión voluntaria o una doméstica tragedia, una de esas tragedias que se mascan, en silencio, a lo largo de toda la vida.

 

Enanos en el jardín

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Enanos en el jardín

 

De Elsa yo sabía lo que puede saber un hombre de su esposa: algo menos cada día. Y como llevábamos más de diez años casados, estábamos a punto de convertirnos en unos perfectos desconocidos. A veces, en la cocina, me quedaba mirándola. Elsa hacía algo muy concreto, preparar unas croquetas, doblar unos calcetines, y yo me preguntaba de repente quién era, cómo se llamaba, qué estaba haciendo allí. Entonces sentía miedo. Pero esa desagradable sensación apenas duraba un instante. Enseguida lograba reponerme e ingresaba de nuevo en la doméstica y confortable certidumbre de las cosas (preparar unas croquetas, quizás unos filetes; doblar unos calcetines, quizás unas camisas). Elsa hacía alguna pregunta distraída, algo referido a la cena de los niños o a los planes para el fin de semana, y yo sabía la respuesta, y todo recobraba su tranquilizadora y leal normalidad.

La convivencia matrimonial puede obrar ese prodigio: vivir pegado a una persona pero olvidarte de ella poco a poco, sentir que cada día es más difícil reconocerla, percibir cómo la sucesión de las estaciones, el devenir de las mareas, algo que tiene que ver con los planetas, o con los porcentajes de humedad, o con las leyes atmosféricas, va apagando un fuego antiguo. Es difícil de explicar: se parece a una lenta evacuación, como si lo que al principio fuera un almacén de agitados sentimientos se hubiera vaciado y ahora los recuerdos del pasado ocuparan el mismo espacio pero no lo hicieran con la misma intensidad; como si, por muchos recuerdos que hubiera ahora, en el viejo almacén quedaran demasiadas baldas vacías. Los recuerdos tienen menos densidad que los sentimientos, por eso la vida de los viejos es infinitamente más leve, más ligera; por eso los viejos se van diluyendo poco a poco, mientras que la vida de los jóvenes tiene la consistencia de los metales pesados.

 

Mi amigo Böhm-Bawerk

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Mi amigo Böhm-Bawerk

 

Paradójicamente, la llegada del mes de agosto traía a la agencia de viajes una mayor tranquilidad. Durante todo el año habíamos encadenado jornadas interminables, contratando sin descanso billetes de avión, pasajes transatlánticos y reservas en hoteles y balnearios. La agencia era un desfile de parejas deseosas de encontrar un íntimo refugio, ruidosas pandillas en busca de playas y de alcohol, y ancianos dispuestos a peregrinar en autobús por ciudades plagadas de monumentos. Era en el mes de agosto cuando se hacían realidad buena parte de aquellos fraudulentos paraísos, de modo que la ciudad se convertía en una arquitectura melancólica y vacía, y por fin era posible también para nosotros, los empleados de la agencia, tomar unas vacaciones.

Yo trabajaba con dos chicas muy jóvenes. Las edades, las costumbres, nos abocaban a mundos diferentes, pero ambas me estimaban y convertían las tareas laborales en un yugo leve y agradable. De alguna manera, habían decidido adoptarme, como si fuera un antiguo maestro de primaria o un venerable tío solterón. La inminente jubilación se había convertido en el objetivo principal de mi existencia. En menos de año y medio iba a alcanzar el retiro. Contaba los meses, las semanas, con la avaricia de un presidiario que mide el transcurso del tiempo en su celda. Quería encontrar más allá de la oficina la muesca de libertad que me faltaba, y las vacaciones de agosto eran una degustación anticipada de esas definitivas vacaciones que llegarían con la jubilación.

 

El hombre del cartapacio

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El hombre del cartapacio

 

No sé cómo era aquello, pero cada vez que llegaba a la oficina la reunión del departamento de ventas ya estaba en marcha. Juro que, para prevenir negligencias, había rechazado la agenda electrónica y seguía utilizando mi voluminoso cartapacio, lleno de papeles duros como el pergamino, gracias a los cuales, me decía, era imposible que ninguna cita o reunión se me escapara. Pero no importaba el rigor con que escribiera en aquellas cartulinas horarios y lugares, ni que los consignara en el calendario de la cocina de casa, ni que pusiera notas adhesivas en la nevera o en la guantera del coche: siempre, al final, algo fallaba.

El rigor y la eficacia eran virtudes importantes en Ibertecno, compañía catalana que fabricaba exprimidoras, batidoras, tostadoras, licuadoras. Ahora iniciaba su expansión por toda Europa y nosotros apoyábamos el proyecto, encabritados por las vibrantes arengas de Jordi Taltavull. Taltavull era el director de nuestra delegación, la Zona Norte, donde la empresa contaba con una factoría. En el departamento comercial (una agrupación de desdichados que cifraba su supervivencia en que la gente siguiera exprimiendo, batiendo, tostando, licuando) me deslomaba yo.

 

Para no ser cobarde

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Para no ser cobarde

 

Habíamos malvendido el piso. Habíamos cargado en el coche todas nuestras cosas. Habíamos abandonado la ciudad. Y después de una hora de viaje salimos de la autopista y tomamos la carretera que debía llevarnos a Ayabarrena, una aldea perdida en la Sierra de la Demanda. A partir de Ezcaray, la carretera iba estrechando. A los lados quedaban poblados cada vez más pequeños, enclaves de nombre vasco: Turza, Cilbarrena, Zaldierna, Azarrulla. A veces las aldeas solo se adivinaban por la precaria supervivencia de algún muro de piedra, ahogado entre las zarzas. Porque la naturaleza, cuando recobra espacios que antes ocupara el hombre, lo hace con fiereza, como si su retorno fuera una venganza.

Aún no había anochecido, pero el frío atenuaba los colores y un cielo de turbia agua estancada impedía ver el sol. Íbamos con retraso, así que Alejandra telefoneó a la propietaria de la casa para anunciar que llegaríamos más tarde. Alejandra, recordando los amables correos que habíamos cruzado días antes, dijo que ahora le había sorprendido el tono desagradable de la mujer. Quizás, respondí, la cordialidad del principio fue solo una estrategia comercial, porque ahora la fianza ya estaba pagada y nos habíamos convertido, de algún modo, en prisioneros.

 

Voy a hacer una llamada

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Voy a hacer una llamada

 

El mundo experimentaba perturbaciones, corrimientos de tierras, turbulencias aéreas, excepciones gravitatorias; eso o la mala suerte, que es la fuerza más poderosa de entre todas las que existen, arrastraba de repente a un ser humano al borde del abismo. Entonces, conmovido ante su desesperación, Edgar se quedaba mirando a lo lejos, meditaba un momento, con ademán imperturbable, y regresaba por fin al mundo real para pronunciar su frase lapidaria:

–Voy a hacer una llamada.

Y aun antes de hacerla todos sabíamos que Edgar lograría que el universo recuperara su bondadoso equilibrio, enderezando el destino de una persona, de una familia, de una empresa, de una provincia, zaherida por la adversidad.

Cuando conocía su edad, la gente se sorprendía: Edgar parecía tener diez años menos. Digamos que maduraba de forma regular, pero siempre manteniendo, frente a sus contemporáneos, una diferencia favorable que adquirió en la adolescencia y mantendría hasta el final. Quizás por eso las novias que le conocí eran siempre muy jóvenes, y cuando los demás ya estábamos casados, y engordábamos, y perdíamos el pelo, y nuestras mujeres engordaban, y se arrugaban, y se agotaban en la lucha diaria por el gobierno de familias nutridas y ruidosas, Edgar mantenía su envidiable soltería, su insultante frescura corporal, mientras se hacía acompañar por jóvenes bonitas que habían venido de Varsovia a estudiar filología hispánica o de Bello Horizonte a culminar un máster en Bellas Artes.

 

Opiniones sobre la felicidad

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Opiniones sobre la felicidad

 

A Artur Montfort

 

Nerea extendió el brazo para pasarme el teléfono. Antes de que dijera nada, su rostro exasperado ya anunciaba quién había llamado.

–Es tu hermano –musitó, torciendo la boca, reprochándome en silencio mis orígenes, mi familia, mi existencia, como si todo lo malo que había en nuestra vida procediera de allí.

Resoplando, tomé el teléfono.

–Dime, Honorio.

–Hijo de puta. Sé lo que pretendes. Tienes engañada a mamá pero conmigo no valen tus tretas. ¿Me oyes, Jorge, me oyes?

Honorio estaba bebido. Me pregunté cuándo habría sido la última vez en que habíamos hablado sin que estuviera bajo los efectos del alcohol.

–Qué quieres, Honorio.

–Quiero ver a Gabriel. Joder, yo soy su tío, mamá es su abuela. ¿Lo has olvidado, cabrón? ¿Lo has olvidado ya?

Mientras Honorio gritaba, me recogí sobre mí mismo. Pero era una estupidez intentar que aquella fuera una conversación entre los dos: Nerea estaba a mi lado, escuchando. De todos modos, con aquel gesto yo al menos pretendía que Gabriel no me sorprendiera, como tantas otras veces, discutiendo con mi hermano.

 

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