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Pelos

Por: Microlocas
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Cinco mujeres —cuatro escritoras y una ilustradora— que no se cortan ni un pelo. Nos toman el pelo y nos colocan en nuestro lugar, nos dan para el pelo. Todo junto.
¿Pelos es un bello libro de microrrelatos ilustrado? Sí, y mucho más. ¿Pelos es un proyecto colectivo, en la mejor tradición literaria, enriquecido por todas sus escritoras simultáneamente? Sí, y mucho más. ¿Pelos es un libro que encarna la reflexión de la mirada femenina y su cuerpo, de la condición de ser mujer 
en el siglo XXI frente a la tradición y el prejuicio? Sí, y mucho más. 
La última propuesta de Eva Díaz Riobello, Isabel González, Teresa Serván e Isabel Wagemann, junto con las ilustraciones de Virginia Pedrero, es un libro que, con apenas un hilo conductor —un pelo conductor, habría que decir—, logra mostrar, y acaso subvertir, más de un centenar de situaciones en torno al cuerpo, la feminidad, las relaciones, el sexo y la maternidad, la literatura, la familia y las apariencias, el amor. Provocador, emotivo, despiadado y rebelde. Actual.

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Me la pela

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Si buscas tu IDENTIDAD

serás PODEROSO.

Si eres poderoso

te REBELARÁS.

Si a tus espaldas oyes

que te llaman PERVERSO,

diles que solo estás VIVO,

que descubriste la PASIÓN

y en la pasión, el AMOR

y en el amor, el DESAMOR

también hermoso,

ese ramo de VÍNCULOS

que formarán tu HISTORIA

y en las tardes de lluvia,

el único MITO posible

de nuestra vida a trozos.

Pelo identidad

 

Me la pela

 

Miro mi pierna depilada, la derecha. Mi pierna depilada (la derecha) refulge, reluce, resbala. A cualquier ojo se expone enardecida por la cera. A por ella voy. Cómo me pone mi pierna derecha. Quiero besarla. Voy a besarla, pero no. No lo hago. Me detengo porque ahí está la otra: tupida, huraña, confusa. El águila y una mosca sobrevuelan el pasto de su rodilla; un sudor y el río descienden por la maleza. Negro tobillo, selvas negras, lobos en lo negro. Qué boca feroz impactará en ti, pierna izquierda. La cera borbotea y mientras una se eriza ante Pompeya, la otra ríe. Ni las oigo. Apago y salgo a las calles de agosto doblemente mujer.

 

Retorno

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Retorno

 

Estoy tan harta de depilarme, que decido ir al gimnasio luciendo mis axilas exuberantes y mis piernas de mamut. Húmeda, primaria, feroz. Mi piel es un río de leche donde se mecen juncos milenarios y oscuros. Todos los ojos se posan en mí cuando entro y me dirijo sin prisas hacia la sala de máquinas. No más aeróbic ni pilates. No más delicadeza y tacto de terciopelo. Levanto pesas, gruño mientras mis bíceps se contraen. Las otras mujeres me observan desde la cristalera, hipnotizadas, aspirando con avidez el sudor que desciende entre mis pechos de granito. Hago flexiones, separo mis muslos y la visión borrosa de mis rizos púbicos las enardece. Poco a poco van entrando con la mirada encendida y hambrienta. El rubito depilado que corre en la cinta es el primero en caer. Golpean a sus elegidos y los arrastran sudorosas hacia los vestuarios. Algunas vuelcan los aparatos y danzan a su alrededor entre cánticos bárbaros. Me miran ansiosas, buscan al líder de la manada. Y yo palpo lentamente mi cuerpo, hasta reencontrar por fin ese tacto primario que creía olvidado, mientras una voz ancestral me susurra que encienda una hoguera, busque un palo afilado y salga afuera a explorar lo desconocido.

 

Ovillos

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Ovillos

 

Noto un pelo en la boca. Trato de escupirlo, pero los movimientos de mi lengua solo consiguen que se enrede más entre los dientes. Índice y anular lo agarran y estiran. El pelo masajea encías y comienza a salir con un cosquilleo. Casi una caricia. Lo voy enrollando alrededor de mis dedos y descubro que no acaba nunca. Apenas termino un ovillo de buen tamaño, con cuidado, lo corto y empiezo otro. Es un trabajo lento pero, por fin, me veo rodeada de madejas de pelo. Lampiña de pies a cabeza. Maravilla. Ahora voy a recolocarlos. No será fácil bordar las cejas, ni poner las pestañas una por una. Decido dejar mis piernas y axilas sin pelo. Y en la cabeza, algo cómodo. Pero el vello del pubis es otra cosa. Necesito tiempo para dejarlo como a mí me gusta. Tupido. Sin domesticar. Cálido, como un nido de arañas o de golondrinas.

 

Moda

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Moda

 

Yo, la increíble mujer barbuda y más que barbuda. Yo, la mujer tupida por delante y por detrás. Yo, rival de osos y de chinchillas, codicia de peleteros, paraíso de ácaros. Yo, estrella del Gran Circo Mundial, exijo: no me presupongan felpudo íntegro, completa hirsuta, reserva agreste. Yo no descuido ninguna tendencia estética. Soy higiénica, soy femenina, me sorben. Yo, cascada vellosa de la cabeza a los pies, me rasuro el pubis por completo.

 

Embarazo

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Embarazo

 

Miro hacia abajo y esta media luna eclipsa un bosque orgánico, rizado, feroz. Mi sexo, animal, ya no me pertenece.

 

Fumar y presumir

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Fumar y presumir

 

 

 

A la flaca

 

 

Escondidos en el maizal, niños y niñas hacemos pipas de fumar. Ahuecamos bellotas, les clavamos una pajita y las llenamos con barbas secas de las mazorcas. Robamos fósforos de la cocina y encendemos nuestras cachimbas. Y a echar humo. Nosotras comenzamos a toser y nos cansamos altiro. Preferimos jugar con los pelos del choclo. Son morenos y rizados, perfectos para guardarlos en nuestras bragas y presumir.

 

Un circo de mujer

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Un circo de mujer

 

Es un truco de magia depilar mis fieros cabellos. Quiero aniquilarlos a todos, gigantes y enanos, prenderlos como la boca del tragafuegos, acuchillarlos con precisión de tragasables. Pelear como una forzuda con los enredos de mi larga melena y domar hasta su última hebra. Exterminar cada pelo con la determinación del funambulista. Necesito un cuchillo afilado de lanzador y la maestría del contorsionista para rasurarme entera. Y triunfar, al fin despelada, para seguir siendo una payasa.

 

La exactitud de las cosas

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La exactitud de las cosas

 

 

El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas;

es ojo porque te ve.

Antonio Machado

 

 

Mujer de pelo castaño que entra en la peluquería dispuesta a todo. Pide una melena rubia. Después de una hora de tinte, sale como nueva, radiante. El peluquero la ha teñido de sí misma. De sí misma y con exactitud.

 

Mujer con adjetivos

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Mujer con adjetivos

 

Ser una mujer violín, cuya melena afine silencios y peine sinfonías. Teñirse de castaño indígena y que el cabello saque la salvaje que hay dentro. Enredar besos púrpura en la cintura mientras los rizos carmesí doblegan otro cuerpo. Abandonarse con el más plomizo de los pelos. Y escoger, seguro, un azabache lápida.

 

Peinados para la muerte

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Peinados para la muerte

Recogido para la horca, pelucón para la guillotina, desfilado para la cruz. Para la hoguera, cardado; para el gas, volumen; permanente en la electrocución. Si te lapidan, algo sin complicaciones; si te fusilan, flequillo con movimiento. Recuerda: inmersión con efecto mojado. Recuerda: veneno con mechas de color azul. Si asfixia, trenzas; si desmembramiento, corte asimétrico. Si vienes tú, descabellada.

 

Para volver a quererme

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Para volver a quererme

 

Me sienta bien el rubio, pero alguna noche, elijo ser colorina y gustarte. Si me aburro, cambio a la peluca castaña o a la morena, aunque no combinan del todo conmigo. La azul, la que usamos en el hospital, sirvió para reírnos. De todo. El blanco sé que va a ser bueno porque entonces, tal vez, esto haya pasado. Pero me miro al espejo y estoy calva. Y no me quiero.

 

Urbi et orbi

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Urbi et orbi

 

Sé que no puedo ser Papa ni cura ni obispo porque para ser Papa, cura u obispo hay que tener polla. Así son los asuntos del alma. Sé que no puedo casar ni bautizar ni dar la extremaunción al ser que en su último aliento, pronuncia el nombre de una mujer hermosa, pero puedo bendecir. Bendecir como nos bendicen a todos los árboles en un día de viento. Y puestos a bendecir, bendigo a todos los hombres, también al anciano Papa que abdicó y a su dulce debilidad por los mocasines rojos. Bendigo a los obispos de tres en tres y a los curas de veinte en veinte. Bendigo a todos los hombres dentro y fuera de la Iglesia. Los bendigo a todos porque a veces me desean y a veces no. Hombres que vuelven la mirada y no dicen nada o lo dicen todo en su idioma de pan con aceite: guapa, bonita, contigo «mecagüentó».

Bendigo al que se casa conmigo sobre todas las cosas.

Bendigo a Johnny Depp, a Xabi Alonso, a Luciano Pavarotti, a Frankestein de quien podría enamorarme locamente.

 

Calva

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Calva

 

A cada hombre que amó, ella le regaló un pelo. Se lo arrancaba, lo extendía junto al rostro dormido y desaparecía sin dar portazo. Sin pelo se ha quedado. Sin miedo, exige ahora de puerta en puerta que se los devuelvan y le dan lo que le dan: sedal o hilos de araña, cuerdas o alambres, colas de ratón con las que urde su cresta, su peluca, su corona, su yelmo, lo que sea. Ese insólito territorio donde envejece y sigue sin saber lo que fue suyo y lo que no lo fue.

 

Calvo

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Calvo

 

El hombre que nunca removía la leche con el dedo –porque debería usar los diez–, ni amaba a una persona más que a otra –porque resultaba injusto–, ni aplastaba ninguna mosca –por no dejar entrar a otra–, almacenaba en una caja los pelos que perdía. El día que perdió el último, sacó la otra. Por cada pelo envasado, había guardado también un clavo.

 

Vuelo de rutina

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Vuelo de rutina

 

Cada día, la mujer golpea colchones, estira sábanas y acomoda almohadas. Con la tarea hecha, se sienta sobre la cama a depilar su aburrimiento. A trasquilar sus penas. Busca los pelos que nadie más que ella conoce. El del lunar detrás del muslo, el que crece en su hombro. Los desprende a tirones. Luego, las canas. Quiere arrancarlas todas. Pero se libra de una y en el mismo lugar aparece otra. Era verdad el mito. La mujer insiste, se sujeta a la rutina con fuerza y quita diez, cien y mil canas y no se detiene hasta verse rodeada de montañas de pelos blancos. Su cama se vuelve nube, es alfombra. La cama vuela. Y la mujer no sabe, no está segura, de si lo que toca es el cielo o el suelo. Y es que algunas veces, la tierra está tan lejos como el cielo.

 

Definirse

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Definirse

 

Cuando digas que te peinas, di que te resumes. Qué es peinar sino resumir, condensar millares en coletas. Abreviar el pelo y abreviar el pensamiento y creer en el más allá que es un tupé muy alto aunque no sé si muy práctico. Te peinas cuando dices hola y no besas. Te peinas a la hora de cruzar la calle, cuando en vez de mirar los coches y las motos y todas las reverberaciones de luz en todas las carrocerías, miras solo el color del semáforo. Peinar es armar una estantería donde hubo tornillos, brocas, perforaciones, baldas, anclajes, un vecino gritando que dejemos de hacer ruido. Porque me peino me soportan a veces y a veces no me soporto. Peinarse es, al fin y al cabo, morir un poco.

 

Mujer que recoge su pelo

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Mujer que recoge su pelo

 

Mujer que se recoge el pelo para enseñar el lunar que adorna la parte alta de su espalda. Alfiler herrumbroso, clavado justo donde comienza el cuello. Vórtice que arranca la mirada de los hombres. Hombres que se acercan a la pequeña cerradura y se pierden, para siempre, entre los rizos. Mujer que se suelta el pelo para cubrir el lunar que adorna la parte alta de su espalda.

 

Un vivo

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Un vivo

 

Es la hostia encontrar un vivo. Encontrar un vivo es encontrar una perla dentro de una ostra dentro de la barriga de un pez dentro de la barriga de una ballena dentro de un océano sin agua. Esto es encontrar un vivo. Y soportarlo. Porque encontrar un vivo es reunir todas las ganas de matarlo. Ahí mismo. Yo mismo. Un incapaz que una vez atropelló un zorro y se bajó corriendo del coche para hacerle el boca a boca. No se dejaba el muy terco. Me mordía y parecíamos dos amantes locos en la cuneta. Él, herido y de pelo rojo. Yo, ansioso por devolverle el aliento. Qué asustado estaba, diosanto. No sé quién más. No sabría precisar. Murió en mis brazos. Tal vez lo apreté demasiado para que se estuviera quieto. No lo sé. Murió y el taxidermista me hizo una estola con su cabeza y sus patitas. Qué suerte tuve, me digo. Qué suerte. El desollado podría haber sido yo. Yo convertido en estola. Mis zapatos italianos colgando a un lado; y al otro, mi cabeza gorda, siempre alerta, con sus pasmados ojos de cristal.

 

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