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El pez volador

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El libro de cuentos del escritor andaluz Hipólito G. Navarro que ha seleccionado Javier Sáez de Ibarra, acompañado de una jugosa entrevista inédita que aporta muchas claves de la obra de Navarro.
Hipólito G. Navarro es uno de los cuentistas más destacados en el panorama actual de la literatura española. Su desbordante imaginación, su humor inteligente, su virtuosismo expresivo y una capacidad de innovación en el género poco común lo han convertido en referente ineludible de la narrativa breve en castellano. Los relatos aquí seleccionados por Javier Sáez de Ibarra ofrecen al lector una magnífica oportunidad para introducirse en el mundo verdaderamente rico, insólito y deslumbrante del autor andaluz.
“El pez irreverente que surge con fuerza es, al mismo tiempo, hermoso: deslumbra con sus colores en la tranquilidad de la tarde. El cuento quiere la perfección en todos sus niveles: la composición, la sintaxis, la creatividad verbal, la inventiva; su brillo rehúsa la tonalidad gris de lo ordinario y sus costumbrismos; su color desplegado es novedad, originalidad, fantasía”.

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21 relatos

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Meditación del vampiro

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Meditación del vampiro

 

En el campo amanece siempre mucho más temprano.

Eso lo saben bien los mirlos.

Pero tiene que pasar un buen rato desde que surge la primera luz hasta que aparece definitivamente el sol. Manda siempre el astro en avanzadilla una difusa claridad para que vaya explorando el terreno palmo a palmo, para que le informe antes de posibles sobresaltos o altercados. Luego, cuando ya tiene constancia de que todo está en orden, tal como quedó en la tarde previa, se atreve por fin a salir. Su buen trabajo le cuesta después recoger toda la claridad que derramó primero. Por eso se ve obligado a subir tan alto antes de caer, para que le dé tiempo a absorber toda esa luz y no dejar ninguna descarriada cuando se vuelva a hundir por el oeste.

Luego en el campo, paradójicamente, se hace de noche también muy pronto.

Los mirlos apagan sus picos naranjas y se confunden con el paisaje.

Y agradecido yo, me descuelgo y salgo.

 

Las notas vicarias

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Las notas vicarias

 

Rafalito López llegó con la noticia a mi casa cuando todavía no me había levantado, y claro, yo di lo que se dice el salto de la cama. No era para menos: después de infinitas gestiones en secreto, su padre había podido comprar el viejo piano del cine Capitol, y esa misma mañana lo había colocado sigiloso en el cuarto de mi amigo para sorprenderle el despertar; así pudo verlo, todavía lleno de polvo y polillas, en un ángulo de la habitación, nada más abrir los ojos. Las primeras palabras que pronunció Rafa fueron estas: «¡Coño, el ratón Pérez!», pero enseguida notó que todavía tenía el diente, aunque ya prácticamente suelto, y que aquello era demasiado grande y por cierto conocido, con lo que dio en abrir los ojos todo lo que pudo y decir, sin más: «¡¡Hostia, el piano!!».

Por supuesto, los dos hicimos cabras (entonces en Cortegana se hacían cabras, que no novillos) y pasamos media mañana tragando polvo y la otra media metiendo pajitas en los agujeros de la madera para sacar unos bichos que o no estaban o nuestra depurada técnica para sacar grillos no servía con ellos. Luego recuerdo que comimos poco y de prisa y que la tarde se nos fue volando, a pesar de que nos acercamos a la huerta de mi abuelo por las ramas de cerezo y que Rafa echó lo suyo con la navajilla para sacar de la madera más bien dura las siete teclas que faltaban, dos de ellas de las negras.

 

Mi mamá me mima

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Mi mamá me mima

 

Contempla ensimismado cada tarde a su hija mientras ella aprende a escribir. Los deberes de Virginia, considera, son un regalo que no tiene precio: le devuelven aquella portentosa experiencia del aprendizaje a la que su recuerdo solo no podría asistir, de tan lejana.

Si al principio le sorprendía la capacidad de Virginia para equivocarse y romper continuamente la mina del lápiz, hasta llegarle incluso a exasperar tanta torpeza, ahora comprende que no busca ella otra cosa en realidad que una buena excusa para emplearse a fondo en las primarias tecnologías de los sacapuntas y las gomas, una ocupación mucho más placentera que copiar las ñoñas redacciones que le mandan los maestros. Además, le deben de fastidiar sobremanera las cosas que terminan por decir esas frases que construye con infinita paciencia y un trabajo agotador, o así le cabe a veces suponer a su padre, cuando lee con mal disimulada admiración tan irónicos y notables resultados.

Quizá por eso entienda él como su mayor obligación volver a la carga una y otra vez –al menos mientras duren las planillas de estos días–, y repetir las explicaciones muy masticadas ya de este matiz: no se trata ahora de atender al argumento, mi amor (como a un adulto le habla; sigue distraídamente con el dedo un dibujo en la escayola), sino de poner todos los sentidos en pintar las frases, hilvanando con sumo cuidado una letra tras otra, a ser posible sin que rebasen los palotes los anchos y los altos que las líneas azules te señalan con descaro. La cuadrícula, por si no lo sabes, hija, viene impresa justamente con esa intención: la de constreñir en lo que pueda tu más salvaje y virginal caligrafía.

 

La cabeza nevada

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La cabeza nevada

 

Al salir del colegio compruebo tristemente que deja de nevar otro invierno más sin que la nieve haya cuajado en el suelo, que son ya apenas unos cuantos copos diminutos los que bailan en el aire, posándose distraídos en las ramas peladas de las catalpas, todas alineadas carretera arriba, hacia el quiosco de La Glorieta. Por la curva de abajo, junto al cruce de Aroche, me parece oír el húmedo chirrido de los frenos del Correo, el autobús destartalado de las cartas, así que dejando a un lado la melancolía meteorológica me propongo, sin más, apostar otra vez: «Tengo que llegar a La Glorieta antes que él, sin correr». No imagino sin embargo que la tartana puede venir con retraso, ni sospecho entonces que nada más empezar mi apuesta le va a meter el conductor ese pisotón al acelerador que me asusta y que no me da otra opción que aligerar el paso si quiero de verdad llegar antes. La cosa se me pone más difícil cuando oigo que el tío reduce a segunda para subir con más fuerza la cuesta mojada, y yo, ¿qué le voy a hacer? –estas cosas pasan–, rompiendo una de las normas más sagradas, doy una carrerilla pequeña, muy leve, casi nada apenas, lo justo para sacarle dos metros escasos de ventaja al Correo, que entra bufando en La Glorieta cuando yo vuelvo a tomar una buena bocanada de aire helado. Lo he conseguido otra mañana más, con más mérito si cabe porque mi primera apreciación del tiempo ha sido totalmente equivocada, pues vuelve otra vez la nieve a caer abundante y loca, girando juguetona delante de mis ojos.

 

Los frutos más dulces

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Los frutos más dulces

 

El cerezo del columpio era de esos árboles amigos que se dejan subir facilito, ofreciendo una horquilla casi en la base que recogía el pie con cuidado para llevar el otro mientras tanto a una rama que era principio de otras dispuestas en escalera hasta muy arriba, la atalaya desde donde se podía ver casi la finca entera a horcajadas de otra rama más delgada que encajaba perfectamente entre sus piernas.

Ese lugar apenas le gustaba ya por varias razones, sobre todo porque enseguida caía en la tentación de comprobar si le habían crecido más, pero no como en el baño, que los veía rizados y negros con su forma de triángulo como podía ver la misma zona despoblada de su hermana Rosa sin que pasara nada, sino que los observaba con otros ojos y una emoción que le llegaba desde dentro, como un hormigueo, y entonces no tenía más remedio que tocarlos y acariciar esa suavidad, ni podía evitar echar a un lado la franja de braguita y apoyar su naturaleza en la naturaleza de la rama, para contemplar extasiada la tarde que caía sobre la finca, algunas nubes a lo lejos con formas que ella misma se inventaba, y balancearse tarareando una canción siempre repetida que seguramente no había escuchado en ningún sitio.

 

Inconvenientes de la talla L

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Inconvenientes de la talla L

 

Aparco mi coche al lado del Mercedes de ella, un poco más atrás del BMW de su padre, a la sombra enorme de la araucaria de la entrada. Como la puerta está abierta, entro sin llamar, sin ningún reparo porque he telefoneado media hora antes y sé que me están esperando. Al final del pasillo, detrás de la estatua romana, la gata pequeña duerme con un ojo abierto, amarillo. En el salón de las pinturas encuentro a dos criados limpiando, el del bigote y el que no habla, que no sé si es mudo o se lo hace; de todas formas ninguno de los dos me dirige la palabra ni la mirada, así que salgo por la terraza grande y paso directamente al jardín, donde toman limonada los que supongo algunos de sus amigos. Me acerco lentamente, sintiendo con placer la dureza suave del césped bajo mis pies, y cuando estoy al lado de ellos digo «hola», y digo hola como en otras ocasiones digo «buenas» o digo «¿qué tal?», pero siguen hablando entre ellos y bebiendo de las pajitas como si yo no hubiese llegado. Aprovecho entonces la ocasión para tomarles prestado un cigarrillo Marlboro de un paquete casi lleno que tienen al lado de los vasos. El mechero es uno de esos transparentes, rosa, desechable. Una vez encendido el cigarrillo y viendo que siguen con sus cosas, paquetes de acciones de no sé qué entidades, a mí, que esas conversaciones no me interesan y que no he venido yo a hablar de economía precisamente, se me ocurre que ella bien podría estar tomando un baño en la piscina, y que a lo mejor se le ha ocurrido bañarse desnuda, como el sábado anterior. Esta idea luminosa y la poca cuenta que me echan los de la limonada me dan el impulso necesario para continuar en silencio hasta el campo de tenis y bordear el sendero de cinamomos y acacias hasta la verja de atrás, justo desde donde oigo un chapoteo de aguas y risas, señal de que si ella está ahí no va a estar precisamente sola. Las posibilidades de su desnudez quedan reducidas entonces a un top-less discretito sin más, de todas formas algo más que suficiente para acercarme yo en silencio por detrás de los setos de boj y averiguar finalmente que ninguna risa se corresponde con la de ella y que los bañistas me son en absoluto desconocidos. Todavía me entretengo en dar varias vueltas por entre los naranjos y los arces del lado del pozo, buscándola. Un hombre invisible parezco, pues nadie repara en mi presencia.

 

Mi mujer al lado de mi mujer

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Mi mujer al lado de mi mujer

 

Antes de salir del agua ya me han picado varios, y después de secarme con las toallas un par de ellos especialmente grandes se ensañan con mis brazos y mis dedos. Empieza a hacer frío, ese frío de finales de septiembre tan conocido que siempre coge por sorpresa a los últimos bañistas. También viene desde lejos un vientecillo para arrastrar dos sombrillas tumbadas en la arena, olvidadas por algún dueño que se llevó la marea al territorio de las medusas y los calamares (¡Ah, los ahogados!, ¡qué pena de los ahogados que ya no verán el espectáculo que se aproxima hoy otra vez!). Sí, empieza a refrescar bastante; las únicas partes de mi piel que no están heladas son las picaduras de los mosquitos, volcanes en miniatura para la deliciosa ocupación de rascarse. Dos perrazos negros juegan en el agua. Empieza a refrescar. ¿Quién se queda en una playa con tanto frío y nubarrones de mosquitos sedientos como vampiros? En esta frontera sutil entre el universo sólido, el líquido y el de aire hay que pagar con sangre para ver las puestas de sol, y a los mosquitos, esos aviones furiosos, no se les escapa nadie, ni tan siquiera yo, ni mi piel.

 

Que salga el del salami

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Que salga el del salami

 

Los alumnos normales tienen faena para rato. Abundante, soporífera lectura. Y comentario de texto posterior. Pobres criaturas. Tres cuartos de hora no les dan ni para empezar, je, je.

Otra cosa es el grupito de atrás. Siete alumnos dificilillos, imposibles los días de levante y nubarrones. Tres de ellos son, además, casos perdidos, tipos demasiado aguerridos para sus edades. De catorce, quince y dieciséis muelles se las gastan, afiladas a conciencia. La del maestro es automática; los muelles para los colchones, ha dicho alguna vez en la sala de profesores, escandalizando sobre todo a la nueva de inglés.

Un comentario de texto en la última hora de la mañana; también son ganas de fastidiar. Lo masculla uno de los tres mosqueteros, el que más de firme sostiene la mirada al profesor.

En cualquier caso, tras unas breves instrucciones, todos se ponen manos a la obra, cada sector a su manera. Son tres sectores: los alumnos normales, la chusma, el profesor. El profesor es por sí mismo, por su meritaje, un sector completo, un bando más. La diferencia más clara entre los sectores es que dos de ellos, muy a su pesar, son barbilampiños, y que el tercero verifica, apenas pasar la mano, un descuido de tres días que comienza ya a pinchar. Contrasta esa dureza no premeditada con la tenue pelusilla del sector en armas.

 

¿El tren para Irún, por favor?

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¿El tren para Irún, por favor?

 

¿Irún?, ¿por qué siempre Irún, a la ida y a la vuelta? ¿No era Irún el meollo mismo de todo?, ¿a qué entonces ese empeño en justificar que tan sólo era el punto de intersección entre dos trayectos bien diferentes?; ¿es creíble un argumento de puntos vacíos, jugadas de espera, transbordos de trenes hacia la emigración?, ¿existen realmente ciudades de paso?, ¿existen pasos?

¿Debería creerme que los recuerdos de mi padre se limitaban a los andenes vacíos por las noches? ¿No vio él ni una sola calle, ni una plaza, ni una taberna siquiera?, ¿sólo la estación? ¿Y el mar?, ¿vio el mar?, ¿tenía mar Irún?, ¿tiene mar Irún?

¿Estuve yo alguna vez en Irún? ¿Por qué nunca estuve allí? ¿Se puede andar por una ciudad con los ojos cerrados?

¿Se quedó mi padre verdaderamente exhausto al atravesar la diagonal de la emigración con la maleta casi vacía?, ¿tanta era la distancia? ¿Llegué a comprobarlo en los mapas de niño con un dedo tembloroso dibujando esa uve con cuerno incomprensible? ¿Necesariamente tenía que bajar de la sierra de Huelva hasta la capital para después volver a subir en un tren larguísimo hasta Irún?, ¿para qué ese retroceso inicial? ¿De verdad llegué a comprobarlo en los mapas?, ¿son fiables los mapas?

 

El aburrimiento, Lester

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El aburrimiento, Lester

 

Después de tres pasadas por el estante de la música sin saber qué poner, oigo como en sueños Lester Young; vale, digo Lester Young y dejo caer suavemente la aguja sobre el disco y comienza a llover, doblemente comienza a llover, una lluvia eléctrica procedente de una mala copia de los viejos discos de pizarra y una lluvia mojada de esas que parece que a san Pedro se le han roto las puertas y el refrán de los cántaros se queda chico. Lester Young, un saxofón retorcido que se me mete por las orejas, los ojos trepándome por la cara para enredarse en las macetas de la ventana y asomarse nuevecitos al otoño, primer día que llueve en cuatro o cinco meses, una cortina de agua que moja la azotea, una cortina de saxofón que moja mi oído, y yo en medio, «ventana asomao», «en los días de lluvia ventana asomao»; me doy la vuelta, levanto la tapa y quito el disco, deja de llover dentro, mientras afuera sigue san Pedro erre que erre, y pongo a los Caligari (enseguida una asociación: Jekyll y Hyde, Mary Shelley, Byron), los chavales del Gabinete (la alquimia, aquelarres, Percy, el gótico por el Gothic, Ken Russell, tras el gótico, ¿qué viene?, por delante esos macizos románicos, vampiros), los chavales que cantan modernos lo de «en los días de lluvia ventana asomao», y «la suerte es como un pez», podrido, pescado podrido en un rincón de agua varada en la dársena de un río, estancamiento para los mosquitos, el tedio, él te dio el aburrimiento, mientras ya la lluvia tan sólo es una y esa está fuera, que ya la azotea es un espejo donde se reflejan las antenas de los aparatos de televisión, por cierto, quito el disco, los chavales se me quedan a medio camino, con tanta lluvia los recorridos están embarrados, Soria queda lejos, parece; pongo la televisión: cara redonda de Manuel Hidalgo, tal cual, como tantas tardes, tantas otras tardes, y siempre llegarme a la memoria ese día tan importante, el día más grande de tu vida, hijo, haciendo la primera comunión vestido de capitán de un barco a la deriva, todos nosotros, tan asustados y tan pelados y repeinados, que veo las fotos y no puedo hacer otra cosa que reír, el día más grande de tu vida, hijo, y Manolo Hidalgo con su cara redonda sacándole la lengua al cura para que le pusiera aquello redondo en la boca; cuidado, que eso no lo pueden rozar los dientes, pecado horrible darle un bocado a Dios, demasiado atrevimiento, tiene que entrar despacito, licuándose entre la lengua y el paladar, poco a poco, y Manolo confesándome después que sí, que lo rozó con una muela, ya casi al final, es que esto es muy difícil, ¿y no te hacía cosquillas en el cielo de la boca? (Dios tiene sus cosas, sus métodos para meterse dentro de uno, te hace cosquillas en muchos sitios), y Manolo Hidalgo compungido porque sus dientes, los mismos dientes con que me había mordido en una mano el día que le gané las treinta canicas, esos dientes habían rozado a Dios el primer día que entró en él, ¿qué me pasará ahora?, y nosotros diciéndole que no tenía importancia, Dios se iba a hacer un lío con todos nosotros una vez que nos arrancásemos las condecoraciones de capitán, de almirante, de marinero raso, mañana todos otra vez con los pantalones cortos en el paseo jugando al tú la llevas; hombre, más jodidos, ya no se podía decir cabrón qué patada me has dado, hijoputa, te la debo, ahora va a ser más difícil jugar si ya nos han quitado medio vocabulario del juego, y a las canicas, cuando yo te gane otra vez treinta bolinches ya no me podrás morder, Hidalgo, porque..., en fin, que me acuerdo, cómo no acordarme cada tarde cuando sale tal cual por la tele tu tocayo, Manuel, Hidalgo, pero qué pena tan mayor ya, debéis de tener los mismos años, comulgando casi a la vez, creo, y tú me cuentan ahora que eres representante de zapatos, ¿no?, y este en la tele representante de, representante de, presentador, yo qué sé; quito la televisión, el cielo está prácticamente López, san Pedro sigue con la puerta jodida, increíble que en el primer día que llueve caiga tanta agua, ¿y ahora qué hago?

 

A buen entendedor

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A buen entendedor

(Dieciocho cuentos muy pequeños
redactados ipsofácticamente)

 

Yo venía por lo del anuncio

–Yo venía por lo del anuncio.

–¡Ya!, eso se lo dirás a todas.

 

Ahora tenía la oportunidad de cambiar

Se nace tímido, o se nace grasioso, o se nace cantaor de flamenco, esas cosas que, en fin, qué se puede explicar, se llevan en la sangre y ya son para siempre, inmutables.

Sin embargo, aquel muchacho, por más señas camarero, que no lo conocía apenas, se lo dijo así como el que no quiere la cosa:

–Ahora puede usted cambiar.

«Pretencioso el muchacho», pensó, «como si uno pudiese cambiar en cinco minutos».

–Ahora tiene usted la oportunidad de cambiar –repitió el muchacho.

«¡Joder, hostias! –masculló él–, ¡qué pesado, niño!», y le tiró a la cara los billetes, gritándole con furia:

–¡¡En monedas de veinticinco!!

 

Para las horas más jodidas

Para las horas así, digamos jodidillas, no malas del todo pero pasando un poco de regulares, pues tenía eso, un botecito de cristal con su tapón de corcho, y con una cuerda lo colgaba del techo y luego le daba caña con un palo, no muy fuerte, para no romper el vidrio, pero sí lo suficiente como para que las moscas dentro del bote se chocaran violentamente unas con otras y zumbaran como diciendo: ¡hostias, otra vez!

 

Ni a trescientos metros de las acacias

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Ni a trescientos metros de las acacias

 

Iba yo por la avenida de brachichitones, en apariencia bien tranquilo, tal que paseando, cuando miré hacia arriba y, hostias hostias, no se lo podrá creer usted, entre las nubes lo vi. Más descarado y más barbudo que otras veces, cierta­mente lo vi, con una claridad meridiana además, la condición de vulgar espejismo que presentó en otras ocasiones perdida casi por completo.

En dos zancadas entonces, cruzando peligrosamente entre los coches, me escondí en la otra acera.

¿Cómo voy a ir yo por la avenida de brachichitones en un cuento?, ¿qué porvenir me espera? Hijo de la grandísima, poner que iba yo por la avenida de brachichitones, el muy tarado, cuando apenas trescientos metros más allá empieza la avenida de las acacias, desde donde se puede ver hasta la Torre del Oro. ¿No ha podido, demonios, esperarse un momentito hasta que llegue? De más sabe que me jode un montón sentirme atrapado cada dos por tres en los renglones de sus cuentos, pero que sin permiso me ponga en la avenida de brachichitones nada más salir a la luz es una putada imperdonable que esta vez no voy a dejar pasar por alto. Ahora viene usted de su trabajo, cansado tras la dura jornada, se sienta en su sillón favorito y coge el libro, abre por esta página y zas: iba yo por la avenida de brachichitones, tal que paseando además; a ver si no es para cerrarlo de golpe y regresar de nuevo al tajo. Si llega a esperarse dos minutos fumando un cigarrillo inspirador podría haber empezado, qué le digo, mismamente con que iba yo por la avenida de las acacias, que aunque otro tanto para volverse al almacén, a la oficina, quizá sí deje esa discreta variación una puerta abierta a la frase siguiente, a lo que venga luego, ¿verdad?; pero él no, claro, él no, él los brachichitones, esa gamberrada de la flora ornamental y la terminología, con lo fácil que podría en el fondo resultar una primera frase, por ejemplo un anzuelo como este, a ver, se lo pongo aparte, usted dirá:

 

Las especies protegidas

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Las especies protegidas

 

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Si en el plano físico una de las partes de su cuerpo más rápidas y mejor entrenadas acaricia en este momento la culata de una pistola preparada para cualquier eventualidad, en el plano digamos mental otra de sus partes no menos efectiva imagina arquitecturas imposibles, ciudades de pesadilla, escaleras que no conducen a ninguna parte, ventanas ciegas, puertas abiertas como bocas negras esperando a los habitantes ausentes, a él quizás, ¿quién sabe?

A la vez, sus planos físico y mental, los dos juntos, incómodamente doblados en un sillón de «escai» en medio del pasillo, luchan contra las ganas enormes de darse un paseíto y fumar un cigarrillo en un ambiente menos hostil, lucha inútil por otra parte, porque su compañero Pedro, saltándose todas las normas, dormita, o realmente duerme a pierna suelta, con los auriculares encasquetados oyendo tal vez músicas que se pierden en su sueño desde el aparato de radio escondido en un doble fondo de la bolsa con los bocadillos.

 

27/45...

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27/45...

 

El día que iba a cumplir cuarenta y cinco años, anteayer como quien dice, justo un segundo antes de comenzar a soplar sobre el bosque de velitas haciendo equilibrios en el pastel de chocolate, decidí, sin ninguna premeditación anterior, porque lo premeditado según me demuestran ciertas canas es lo que peor sale siempre, decidí que los que cumplía en realidad eran veintisiete.

De manera que entonces, en ese soplido arrastrado en círculo como mandan la esposa y los niños que esperan con los regalos nerviosos a la espalda, me estaba quitando de un plumazo dieciocho años de encima: seis mil quinientos setenta días borrados de la memoria, ciento cincuenta y siete mil seiscientas ochenta horas menos en los huesos y en la úlcera, nueve millones y pico de minutos al carajo...

Envuelto en la alegría familiar de los aplausos, mientras el humo de las velas escarbaba en mis centros del olfato con un tufillo dulzón, de forma casi instantánea decidí también que en esos dieciocho años que tiraba iba a meter sin ninguna pena los siete de cárcel por actividades sindicales clandestinas hace ya tanto tiempo, los cinco de portero suplente en Tercera División en la época del bachillerato, dos de vendedor ambulante de enciclopedias, y los cuatro primeros de existencia, que han devenido con el tiempo en una espesa niebla donde aún habitan con descaro algunos fantasmas junto al recuerdo de aquella mi firme respuesta de entonces, «astronauta», a la consabida y sempiterna pregunta de ¿tú qué quieres ser de mayor?

 

Con los cordones desatados, a ninguna parte

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Con los cordones desatados,
a ninguna parte

 

 

Relatos

pausados,

vagancia.

Javier Salvago

 

 

 

Cansado de pellizcar durante cinco horas diarias sobre la taza del váter las cuerdas de una guitarra adquirida dieciocho años atrás, Anselmo Flores abandona por un instante el manoseado instrumento sobre el bidet y regresa enseguida con el firme propósito de dar carpetazo definitivo a ese largo capítulo de sus mañanas. Unas más que generosas tijeras para el pescado, afiladas a conciencia y al efecto hace al menos tres lustros, y una presión ejercida desde la prima al bordón siguiendo el dictado de las leyes de la física –punto de apoyo idóneo, fuerza y aceleración proporcionales– le ofrecen a Anselmo la seguridad de un estudiado corte de cirujano, limpio, que sesga los diferentes timbres de las cuerdas con un intervalo entre ellos prácticamente invisible, infinitesimal, el mismo con el que se abalanzan las liberadas tensiones a su rostro para chicotearle en seco la mejilla y dar paso enseguida a un alegre paralelismo de sangre temerosa, seis arañazos apenas, un instante después borbotones incontrolados mejilla abajo. Sin hacerse esperar, todavía en el primer compás del susto, un sonoro goterón rojo percute en la madera del instrumento mudo, poniendo así el punto final a una aventura de lento y madurado naufragio.

 

Base por altura partido por dos

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Base por altura partido por dos

 

1

Evidentemente, desde esta posición privilegiada, con el café negro helado, sentado bajo el tilo del paseo, viendo como veo el verdor de las dos acacias junto al porche, si fuese pintor ahora mismo estaría cogiendo la paleta y los pinceles para dibujar la tranquilidad relajada de la siesta de la sierra, con este aire volandero entre las piernas cruzadas frente a él, que reescribe una carta a los amigos ausentes; evidentemente, si fuese pintor.

Mientras tanto, hasta que esa afición por los aceites y los pigmentos no se haga pura mancha en una posible bata larga de artista, con los ojos bien abiertos intentaré asimilar el abanico de los verdes y azules de las acacias sobre el cielo de las vacaciones. Dentro de esta emoción –muy cerca suenan los caños de la fuente– que traerá la tarde para anunciar la suavidad mayor de agosto, mentalmente, como acostumbro, deberé dibujar la línea blanca del porche que asoma con vértigos de balcón la mirada de dos niños hacia las ristras de hormigas que acarrean más abajo las cáscaras del aburrimiento de pipas de girasol de las parejas.

 

Plano abatido

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Plano abatido

 

No tuvo más remedio que hacerlo así, muy a su pesar. ¿Suicidio?, qué más da eso ahora; ¿intento de asesinato?, no, jamás se le habría pasado por la cabeza, él no lo hubiera llamado de esa forma, aunque a todas luces y en los archivos de la Policía pueda ser algo probable. No tuvo otra salida, ella le obligó sin darse cuenta; ella o la perspectiva en picado de ella, que no es lo mismo; ella o un eje imaginario que nacía en los ojos ansiosos de él y la atravesaba para fijarla a la tierra, ese nivel donde ella ya no era sino un abatimiento del plano a vista de pájaro que él poseía y volvía a grabar en su retina cada mañana. ¿Cómo explicarle ahora a los investigadores un amor aéreo, un deseo fugaz, que apenas dura una décima de segundo?

Se puede investigar lo puramente físico, lo material: sí, él se tiró sobre ella desde el balcón del sexto, y un instante antes de errar y caer a su lado gritó un «mi vidaaa» con una a larguísima que rebotó en el suelo también y se rompió en infinidad de trocitos pequeños de a mezclados con el deseo hecho añicos, trocitos de a que se lanzaron a su vestido, aprisionándola, manchándola de amor y locura; así permanecieron esos minutos como horas, ella quieta como una estatua a su lado, él desparramado finalmente a sus pies, vencido, o victorioso quizá, sin haber podido retener el instante vertical, el segundo mágico de donde le brotaba cada mañana un amor decididamente atmosférico, aéreo, inverosímil.

 

Tres trillizas torres

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Tres trillizas torres

 

Quizá el gremio taxista no esté tan acostumbrado como pensaba Lauro a indecisiones como la suya: que después de haber indicado claramente, deletreando casi, «al camposanto» (evitando así términos más contundentes o definitivos como cementerio o crematorium), haya optado por bajar en esa calle, cuando faltan todavía tres kilómetros o más. Cara de pocos amigos se le ha quedado al conductor, a pesar de las disculpas de Lauro y de una generosísima propina. Ya son ganas de amargarse, pues no tendría más que seguir él solo para comprobar que ese billete cubre bastante por encima el coste total de la carrera. Aunque quizá lo que ha ofuscado al taxista no ha sido tanto la minúscula cancelación mercantil como el súbito cambio de parecer de Lauro, su insoslayable contraorden. Ya le ha dicho que lo siente. Es que ha preferido a última hora no llegar de los primeros, aprovechar el margen para dar un paseo que le sirva para ahuyentar las malas ideas que aún le rondan, después de tantos años.

 

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