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El mundo de los Cabezas Vacías

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El mundo de los Cabezas Vacías nos coloca en el ring de las distancias cortas, ese cuadrilátero en que los tímidos, amables y bien alimentados seres humanos de la sociedad contemporánea mantienen rasgos extravagantes y descubren, bajo una apariencia de normalidad, los monstruos terroríficos y las risibles marionetas que todos llevamos dentro. A través de una prosa cuidada e inteligente, donde una pátina de ironía no siempre conduce al humor, los cuentos de Pedro Ugarte se leen con una facilidad engañosa, porque en ellos aguardan bifurcaciones que pueden llevar al lector a algún rincón de su propia biografía, en un juego lleno de sorpresas.
Autor de varias novelas y de un libro de microrrelatos que crece con el tiempo, Pedro Ugarte confirma en El mundo de los Cabezas Vacías su condición de excelente autor de cuentos, cuentos donde la manipulación de los sentimientos y el uso de la ironía como trampa configuran una crónica, cruel y piadosa al mismo tiempo, de nuestra generación.
De Pedro Ugarte se ha dicho:“Una valiosa obra literaria, realizada sin ruido, por con vigoroso oficio”, Mitxel Ezquiaga, Diario Vasco; “Alguien que goza del don de la narrativa de calidad”, Ernesto Ayala-Dip, El País; “Se confirma con su escritura elaborada, honda e incisiva, como uno de esos raros escritores que consiguen rehacer la realidad”, Félix J. Palma, Diario de Sevilla; “Un seguro talento literario”, Germán Gullón, ABC; “Una de las voces más originales y valientes aparecidas en los últimos años”, Enrique Turpin, El Periódico de Catalunya; “Pedro Ugarte es, sencillamente, un gran escritor”, Valeria Devicenti, Revista Criterio.

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El mundo de los Cabezas Vacías

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El mundo de los Cabezas Vacías

 

Nuestra familia era una tribu numerosa, llena de visionarios que atesoraban alguna singular revelación. Todos nos considerábamos seres únicos, beneficiarios de dones extraordinarios. Muy posiblemente aquel sentimiento, tan generalizado en nuestra casa, resultaba fuera de ella una verdadera extravagancia. Y muy posiblemente a eso se debiera que las cosas, en general, nos fueran mal. Mi madre, por ejemplo, iba dilapidando el patrimonio familiar en pos de un designio inadmisible: el premio que un bingo del barrio concedería al primer afortunado que llenara su cartón en menos de quince bolas. Puede parecer absurdo, pero a ese objetivo dedicó varios decenios de su vida. E ignoro cuál sería el sabor de aquel magno fracaso, ya que los cartones que adquiría en la sala de juego jamás lograban completarse en menos de quince bolas. Realmente nadie a su alrededor consiguió hacerlo nunca. Pero la leyenda de que aquel milagro podía producirse (de nada valía que yo insistiera en que los cartones constaban precisamente de quince números y que rellenarlos con menos de quince bolas cantadas era algo completamente imposible) llevó a mi madre a mantener una fe insignificante, la del juego, ese solaz tan triste que solo satisface a las personas sin ninguna imaginación.

 

Jardín de infancia

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Jardín de infancia

 

–En definitiva, querido amigo: nuestro objetivo es intentar que todos los niños del mundo sean un poco más felices.

Por fin la delegada de Niños por la Paz, organización no gubernamental sostenida por lustrosas entidades financieras, puso término a su prolija exposición. Yo había asistido a la homilía profundamente irritado, en primer lugar porque, a pesar de mi insistencia, no había conseguido que abandonara el uso del usted, y en segundo lugar porque, mientras ella peroraba, me había visto obligado a reprimirme en la maraña de la conciencia, en las cavernas del instinto, en los pozos sépticos del alma: sabía que debía mostrarme imperturbable, resistirme a su atractivo, y no seguir contemplando la hechura de sus muslos, sólidas columnas que ella había cruzado con poderosa, con oceánica generosidad, ante mi agarrotada condición de funcionario público.

–Que todos los niños del mundo sean un poco más felices... –musité perplejo, reflexivo, sintiendo que el objetivo adquiría proporciones metafísicas.

 

Atardecer en la feria

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Atardecer en la feria

 

Odio las ferias porque me traen el recuerdo de la infancia. De niño comprendí enseguida que formaba parte de mis obligaciones simular que me divertía en aquellos recintos tenebrosos. Mis padres me llevaban de la mano y me subían a las distintas atracciones. Percibía en sus ojos expectantes lo que ellos esperaban de mí: felicidad, esa felicidad que los niños no siempre encuentran donde sus padres presumen. Desde el principio, desde esa confusa niebla de la niñez más lejana, las ferias nunca fueron un lugar alegre para mí. Yo me fijaba en otras cosas. No me gustaban las masas de gente, envidiaba desde lejos a los grupos de chicos, algo mayores que yo, que acudían ya a la feria sin sus padres, y sobre todo me daba cuenta de que aquel era un montaje de cartón piedra, un mundo imaginario y fraudulento: las atracciones se sostenían sobre chirriantes artefactos mecánicos, los empleados de las taquillas tenían aspecto triste, casi desesperado; manejaban el dinero, los boletos, las entradas, con esa avaricia que imprime la miseria y que da a las cosas simples un valor extraordinario. Tenían manos toscas en las que se adivinaban los esfuerzos por levantar aquel vasto decorado de ciudad en ciudad. Vendían los boletos completamente al margen de la euforia de los niños y de sus familias. Los puestos de tiro, gobernados por viejas gitanas o sujetos con la cara marcada, revelaban cómo aquel no era el reino de una alegría blanca e inocente, sino la transfiguración próxima, palpable, de la profunda tristeza del universo, un universo que respira trabajosamente, un universo, supe más tarde, donde lo más importante era encontrar dinero, alguna clase de dinero, y ganarse la vida, alguna clase de vida. Había algo profundamente vulgar en las loterías y los bingos de las ferias, en el tono monocorde de sus charlatanes provistos de micrófono, algo sucio e insalubre en los puestos de churros y buñuelos, algo triste que me estremecía y de lo que, si hubiera tenido entonces voluntad, habría huido sin mirar atrás. Odiaba los solares de tierra irregular o de guijarros donde se asentaban las atracciones, y odiaba los viajes en los autos de choque: en ellos siempre había tipos pendencieros que se divertían agrediendo a topetazos a inocentes parejas de novios, y los chicos se incomodaban ante la necesidad de mostrar coraje y defender a sus compañeras.

 

¿Quién construyó las pirámides?

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¿Quién construyó las pirámides?

 

Cuando Sonia sugirió por tercera vez que podríamos invitar a Guido Lázaro comprendí que ya no había escapatoria. En realidad, nuestro matrimonio funcionaba bastante bien: ambos conocíamos los límites del otro; e incluso nuestros propios límites, lo cual suele ser mucho más difícil. Sonia y yo habíamos aprendido a no sacarnos de quicio. Evitábamos cualquier tensión innecesaria, identificando los deseos del otro, tolerando sus manías, respetando sus opiniones y su modo particular de ver o hacer las cosas. En un mundo de matrimonios demolidos por el tiempo, el aburrimiento, la ira o la avaricia, aquella rareza de no molestarnos en exceso obraba como anclaje sentimental. No estoy seguro de que siguiéramos enamorados, pero sí de que, para cada uno de nosotros, sobrellevar al otro se había convertido en un peso liviano, en un yugo pacífico y venial. Puede parecer absurdo, pero creo que las relaciones estables se fundamentan en virtudes menores, virtudes que, de tan subalternas como son, ni se exhiben, ni se ostentan, ni siquiera se mencionan. Claro que es mejor reconocer en secreto su eficacia que hacer lo que otros muchos: simular grandiosos sentimientos grandiosamente falsos. Acaso la felicidad sea inconsciente de sí misma, y mucho más recatada de lo que imaginan los que solo saben de ella por el cine y las novelas.

 

Azul marino o gris marengo

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Azul marino o gris marengo

 

 

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El realismo de mi familia, pero sobre todo las imaginaciones de mi madre, me exigieron convertirme en un hombre elegante. Para ellos se trataba de un imperativo moral y para mí de una obligación contra natura.

Lo cierto es que yo no contaba con verdaderas aptitudes para culminar aquella empresa: nada más ajeno a mi naturaleza que las maneras de un caballero distinguido. Fue una de esas cosas que se descubren poco a poco, mediante la acumulación de una larga hilera de mínimos detalles, algo parecido a lo que ocurre con los muchachos en la adolescencia, cuando, en sus aproximaciones a las chicas, la estadística de aciertos o fracasos les aclara, sin sorpresa, con progresiva certidumbre, su verdadero atractivo o la desoladora ausencia de él.

Quiero explicarme. Yo no odiaba los buenos trajes por razones ideológicas, ni había hecho de la resistencia a llevar corbata uno de esos principios accesibles a la gente desprovista, en general, de otros principios. Es más, comprendía la elegancia de unos gemelos de oro y apreciaba las propiedades lenitivas de un suave y confortable tejido de franela. Pero la elegancia es como tantos otros atributos de la condición humana: hay que nacer con él a cuestas, sentir su indeleble marca en algún furtivo rincón de la conciencia. La gente aterriza en el planeta con órganos perfectamente descritos en los libros de anatomía, con cierto número de dientes, con cierto número de dedos dispuestos en cada mano. Sin embargo, las cualidades interiores son producto de un anárquico reparto. La elegancia (como la belleza, el talento, la bondad, como tantas otras cosas) es un don o una especie de milagro. Y ese don, supe muy pronto, no se me había concedido, o ese milagro, también lo supe, nunca tuvo visos de acontecer.

 

El invento de la rueda

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El invento de la rueda

 

Existe la costumbre de dividir a los seres humanos en especies distintas e irreconciliables: los platónicos y los aristotélicos; los teóricos y los prácticos; los que permanecen de pie por sí mismos y los que necesitan apoyarse en una pared o una columna. La lista de arquetipos enfrentados tiende a infinito. Pues bien, existe otra distinción fundamental: aquellos que adoran los automóviles y aquellos que los detestan, que simplemente los detestan. Diré ahora la verdad: de entre los que adoran coches y los que los detestan, yo pertenecía al segundo partido.

Que detestara los coches no significa que fuera un tipo extravagante, enemistado con la tecnología, sino que el automóvil se me hacía una servidumbre impuesta por el trabajo y por esa complicada red de compromisos que extiende toda sociedad organizada. Tener coche era una obligación. Yo conducía, pero lo consideraba una de esas dependencias que acarrea el hecho de vivir en sociedad. Algo así le dije a Marta cuando me preguntó, en alguna de nuestras primeras citas, si tenía carné de conducir, y si tenía coche.

 

Estación en la Tierra

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Estación en la Tierra

 

 

 

¡Pocas cosas como el universo!

Augusto Monterroso

 

 

 

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País en armas, héroes de barro

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País en armas, héroes de barro

 

Nunca envidié a mi hermano Alfonso, porque para alguien como yo, devoto de las intimidades del hogar, los libros y las aficiones sencillas, su vida representaba una continua agitación. Mi hermano trabajaba en el gobierno y llevaba muchos años transitando por distintos puestos de responsabilidad (coordinador de algo, jefe de algún departamento, subdirector de aquello, director adjunto a alguien), puestos que, en su opinión, nunca estaban lo suficientemente bien pagados para tanta obligación como habían echado sobre sus hombros. Trabajar para el gobierno puede ser muchas cosas: aburrido, abnegado, heroico o alimenticio. Pero en el caso de mi hermano se convirtió en algo aún más extraño: una excusa para llenar su agenda de insignificantes compromisos.

A pesar de que nuestras vidas transitaban por sendas muy distintas, Alfonso y yo nos profesábamos una lealtad entrañable y fraternal. Se interesaba por mis problemas, quizás en cumplimiento de alguna promesa que de él hubieran arrancado los azulados labios de nuestra madre en su lecho de muerte. Ella supo, con esa admirable intuición con que las madres vislumbran el porvenir de sus cachorros, que Alfonso progresaría en la vida y que sería necesario su concurso para que yo siguiera en pie, relativamente indemne, y no vencido por la depresión, la bancarrota o esa variada gama de adversidades que aguardan a las personas desprovistas de voluntad para otra cosa que no sea escribir.

 

El olor de la verdad

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El olor de la verdad

 

A Antón y a mí nos iban bien las cosas, pero la sociedad siempre acaba castigando a aquellas personas a las que no puede compadecer, de modo que a nuestro alrededor ya se había extendido la opinión de que ambos se lo debíamos todo a la suerte, a una atrabiliaria e inmerecida buena suerte. Posiblemente Antón y yo habíamos sido muy afortunados. O al menos algo afortunados. Antón ya había ganado su cátedra de derecho y yo publicaba en revistas americanas artículos de física teórica, en los que elucubraba sobre el tamaño del universo, la antimateria o los agujeros negros. Y sí, a lo mejor tenía sentido el argumento de que éramos unos tipos con suerte, pero nadie recordaba la desesperación con que la habíamos buscado.

Después de peregrinar por el extranjero, llevado cada uno por los avatares académicos de su especialidad, ambos recalamos casi al mismo tiempo en nuestra universidad de origen, lo cual suponía regresar, en un gesto algo melodramático, a la ciudad en la que habíamos nacido. Resulta asombrosa la capacidad de una ciudad para vengarse. La venganza de tu ciudad natal (una venganza demoledora, abstracta, líquida) se compone de una suma de venganzas concretas que nunca llegan a ejecutarse, venganzas que suelen ir aumentando su tamaño imaginario en almacenes clandestinos, en tinglados, en las sucias dársenas del alma. Hay cosas que nunca se hacen abiertamente, hay cosas que nunca se dicen a la cara y, cuanto más pequeña sea la ciudad en que uno vive, mayor es también el número de cosas que nunca se hacen abiertamente, que nunca se dicen a la cara, y menor aún la posibilidad de que se hagan o se digan algún día. La ciudad de Antón, la mía, era una ciudad pequeña, quizás mucho más pequeña de lo que correspondía a sus dimensiones geográficas. Por decirlo de otro modo: nuestra ciudad era más grande de lo que cabría imaginar a la vista del ínfimo tamaño de su alma.

 

Amigos para siempre

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Amigos para siempre

 

Hacía varios años que había abandonado mi trabajo de contable en aquel concesionario de automóviles, pero Magaña, que en el fondo era un sentimental, no dejaba de acosarme con llamadas telefónicas, de invitarme una y otra vez a las reuniones conmemorativas que seguía organizando la plantilla del taller. Magaña pertenecía a esa clase de tipos que ven en todo compañero de trabajo un camarada, un amigo por el que merecería la pena partirse la cara en cualquier taberna inmunda. Magaña creía además que la verdadera amistad se fundamentaba en el trabajo. Por eso siempre sospeché que no tenía amigos al margen de la empresa ni que le interesaba demasiado su familia, de la cual quizás huía en aquel torbellino de herramientas, elevadoras y ruidosos artefactos donde le conocí.

En realidad, de haber vivido en otro tiempo, Magaña habría sido un espléndido fascista, un miembro de esa fracción obrera y cejijunta del fascismo que siempre acabó subordinada al interés burgués de sus caudillos. Magaña era fiel al gerente y a los socios de la empresa, creía en las jerarquías y sentía que gracias al taller contaba con un lugar en el universo, un designio que daba sentido a su existencia. Aquella era una mística detestable, pero recuerdo que, al trabajar junto a Magaña, al ver cómo siempre cumplía los compromisos y sacrificaba su comodidad al resultado de las tareas, también algo en mi interior se conmovía: en realidad Magaña pertenecía a ese subgénero de la humanidad que consigue que el mundo avance (si es que es verdad que el mundo avanza) o al menos que, generación a generación, la residencia en él se nos haga más cómoda, algo menos gravosa. En cambio los tipos como yo, acobardados, pusilánimes, se aprovechan de su esfuerzo, funcionan como una especie de lastre que lo retarda todo, pero siempre se apresuran a beneficiarse de los progresos de la historia (con el agravante moral de permitirse a menudo no creer en la historia, ni en el progreso, ni en el trabajo, con el agravante de considerarse incluso mucho más inteligentes que todos los Magaña). Pensaba a veces que la electricidad, el agua caliente, los automóviles, eran dones que nosotros, los listos, los escépticos, disfrutábamos, pero que se los debíamos al sudor de los demás.

 

Habitantes del limbo

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Habitantes del limbo

 

Eduardo Cartón había dejado otro mensaje en mi teléfono. Era el mismo asunto de las últimas semanas. El guion. Se trataba del guion. Que cómo iba el guion. Que cuándo había guion. Que solo faltaban quince días. Y además un abrazo.

El mensaje de Cartón no era apremiante ni amenazador, pero sí igual de recurrente. Repetía las mismas fórmulas y en él no asomaba el menor timbre de inquietud. El mensaje requería información pero no transmitía reproches, como si confiara en el paso de los días y, con ellos, en el irresistible avance del trabajo. La caída regular de las hojas del calendario debería llevarnos, sin la más mínima duda, a la consumación en tiempo y forma del guion. Tuve que repetirme varias veces que la única vertiente amenazante del asunto anidaba en mi interior: la escritura del guion se había revelado más ardua de lo previsto. En realidad se había revelado imposible. Aún no había escrito una sola línea, pero eso no era lo peor: lo peor era que no sabía qué camino tomar, ni siquiera si había algún camino.

 

Una comedia romántica

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Una comedia romántica

 

Antes estaba convencido de que nosotros, los escritores de periódicos, siempre envidiamos a esos portentosos novelistas capaces de perpetrar novelas de mil páginas, y que nos preguntamos de qué pozo sin fondo surge semejante verborrea, qué vasto mundo interior puede nutrir tan enormes cabalgadas literarias. Y eso nos inquieta porque lo nuestro son las piezas mínimas, cuidadas, reunir las palabras imprescindibles para comunicar una idea, apenas una idea. Es como comparar a un latifundista que cultiva cientos de hectáreas gracias a una flota de máquinas cosechadoras con el humilde labrador que acude cada mañana a su huerto y remueve un poco de tierra con la azada. Sin embargo ahora, después de muchos años, he llegado a la conclusión de que el nuestro no es oficio menos gigantesco: a veces contemplo mi archivo y recuerdo que ya he escrito varios miles de columnas. ¿Significa eso que he tenido a lo largo de mi vida otras tantas ideas, digamos, varios miles de ideas? Da risa la mera conjetura. Ignoro qué representa una idea, una buena idea. Quizás solo algunas de mis piezas hayan logrado albergar cierto destello, pero al menos he obrado con la suficiente astucia como para simular que, en efecto, he tenido miles de ideas, ideas que iban cayendo sobre mi cerebro con total regularidad, prácticamente una por semana, generalmente entre los martes y los jueves: después de todo, mi artículo solía publicarse los sábados.

 

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