Medium 9788483936016

Fantasía lumpen

Vistas: 160
Valoraciones: (0)
«Todo el mundo sabe que la guerra ha terminado, que los buenos perdieron, que la pelea estaba amañada… Los pobres siguen siendo pobres, los ricos se hacen más ricos. Eso es lo que pasa. Todo el mundo lo sabe», cantaba Leonard Cohen. Ahora nuestras voces se apagan, nuestra lucha declina, nuestra lengua se rompe en pedazos, nuestros sueños son negados. Y vamos convirtiéndonos lentamente en fantasmas…
Cada cuento de Fantasía lumpen es huella de vidas que sucumben o resisten a este orden de inhumanidad. La pérdida, el fracaso, el desahucio del sentido; pero también la dignidad, el honor y la fortaleza de unos y otros se hallan en estas páginas. Su lenguaje, reflexivo unas veces, irónico otras, nunca convencional y pleno de hallazgos, ilumina las circunstancias en que vivimos. La literatura de Javier Sáez de Ibarra es, de nuevo, interpelación, crítica, posibilidad.
De Javier Sáez de Ibarra se ha escrito: «Merece la pena leer a este cuentista anticonvencional», Santos Sanz Villanueva, El Mundo; «Un conjunto radical, valiente y valioso», Vicente Luis Mora, Diario de lecturas; «Sus cuentos son arriesgados, audaces», Javier Goñi, El País.

Precio: 5,99 €

Remezcla
Eliminar
 

27 relatos

Formato Precio Mezcla

Lo que sale en la tele

ePub

Lo que sale en la tele

 

Estoy viendo la tele y alucino; llamo a Tomi y no me hace caso, lo vuelvo a llamar más fuerte. ¡Tooooooo-
ooooooomiiiiiiiiiii! Nada, debe de estar en el baño echando la pota.

Aparecen los presidentes y toda esa morralla saludándome con la mano, Javi, Javi. Y yo ¿es a mí, es a mí? Ellos sí, sí, hola Javi, moviendo la mano como hace esa gente en plan acelga así tras-tras que no espantan ni una mosca los hijoputas. A mí que me entra la risa floja y ¡Toooooooomi ven, Tomi! Y me siguen saludando todos, los veintidós creo que son. Los miro a ver si es una broma; pues no, están todos colocados en dos filas, los de delante los que más importan y detrás los que menos. Y les digo esperáis un momento que llamo a mi colega. Me levanto a buscar a Tomi. ¡Toooooomi! Y me quedo en la puerta del salón; no quiero salir porque todavía lo estoy flipando.

Dejo de llamarlo, vuelvo a la tele y siguen ahí. Les miro los caretos, sí, reconozco al nuestro y a alguno más de los que se ven siempre, con sus mujeres o sus ligues que molan mucho, en los partidos de su selección dando brincos como niños, y en una conferencia que hablaban por turnos con flores y el desayuno ese que les sacan. Joer. Ellos saludando todavía. No se cansan; y oigo que me dicen: Javi, Javi, hola. Se mezclan las voces de hombres y dos o tres tías. Yo les saludo igual porque se me contagia, así en plan blando con la mano tonta. Tommmi. Les miro las banderas para comprobar si son ellos, y sí, los colorines, las estrellas, las franjas, las cruces tan bonitas, todo, todo auténtico. ¿Estás bien?, me pregunta uno, aunque debe de ser de otro país habla perfectamente mi idioma, yo le entiendo. Jodido, le digo. Y miro hacia atrás con algo de vergüenza porque hemos dejado el sofá y el suelo hechos un asco con las botellas, los botes, la comida que sobraba en los cuencos y cáscaras por encima. Ellos con sus sonrisas todo el rato en la cara. Y eso jode un poco la verdad, eso molesta. Parecen educados, además simpáticos. Me dan confianza, así que les digo jodido, peor, tíos, me estoy matando la vida, yo por lo menos tengo un curro, Tomi no. Es que no ha tenido suerte, digo, pero bueno, se merecería uno, ¿no? La gente merecemos el derecho a la vida, pienso yo. Ellos con su mano de acelga su sonrisa tonta sus trajes azules iguales, y ellas con su chaqueta su falda calcadas. Me sonríen como si les dijera que está lloviendo en el barrio. Bueno Javi, no pierdas la confianza, me contesta uno alto que no sé quién es porque no le conozco la cara. Confianza en tu puta madre, le digo pero ellos lo mismo, no se inmuta ninguno, cuando se cansan de tener el brazo levantado lo bajan aunque siguen sonriendo. Y siempre hay el que saluda como si lo tuvieran ensayado en el grupo. ¡Tomi!, vuelvo a llamarlo, ¡Toooooooooooooooomiiiiiiiiiiii! Ya voy, me responde. ¡Date prisa! Uno, el pez más gordo creo me avisa oye Javi, que nos tenemos que marchar, que empieza la conferencia y tal. Y yo, ¡Tooooooooooomiiiiiii, corre, que se van! Y les digo esperad tíos, un momentillo que quiero que saludéis a mi colega. ¡¡¡Tomi!!!

 

Pedir de verdad

ePub

Pedir de verdad

 

Me pongo delante de él y le pido el sueldo mínimo interprofesional. Él, lógicamente, me lo niega.

Le he traído unas multiplicaciones y unas divisiones, él las rehúsa. Menciono a mi mujer desempleada, a mi hija con trastorno de conducta, al otro con déficit de atención: mira para otro lado. Le hablo de una hipote... ordena que me marche y vuelva al trabajo.

Estoy de pie, con las bolsas bajo los ojos colgando como las de un canguro por nueve horas ante el ordenador, adopto la forma de un bastón y me froto la curva ya como si tal cosa. Sé que respiro en su presencia porque no he fallecido. Conque siento el arrojo y me siento.

(Debo consignar aquí, para que se me entienda mejor, el resultado de las otras trece veces que he formulado esta misma petición u otras porcentualmente similares: no, de ninguna manera, imposible, en absoluto, qué va, otra vez no, tampoco, nanay, usted quién se cree, no somos las hermanitas de la caridad, ¡quia!, para nada, jamás).

 

Algo que puede pasarte, por ejemplo, una noche

ePub

Algo que puede pasarte, por ejemplo, una noche

 

La tentación de no ir al trabajo es, sin duda, una de las más fuertes que puede experimentar una mujer, un hombre (una mujer-un hombre que tengan trabajo).

Si tu turno es nocturno, y por consiguiente has de cambiarle la guardia a otro que a esas alturas está reventado, entonces la tentación se convierte en algo más sucio. Puede que te llame, o que al día siguiente empiece con palabras, siga con empujones y termine estampándote un puño en la cara.

La mejor opción es convidar a tu novia a pasar la noche en el puesto. Noche, novia, soledad son tres términos que se amigan bien. Falta una botella y has ganado el póquer.

Así lo hicimos.

Me aseguré de que todas y cada una de las puertas estaban cerradas, me di paseo y medio, escruté las pantallitas y miré hacia afuera, por las ventanas. Presidía una noche cálida, el mundo exterior no iba a reventarla, como ordenada para una tregua. Da gusto el trabajo cuando no hay nada que hacer. Volví y mi novia ya llevaba cuatro dedos bebidos. Lo sé porque solo me sonríe así entonces. Había que hacerlo rápido, si no se impacienta. Lo que me molesta porque a mí me gustan las cosas más bien tranquilas, y necesito el protocolo de beber yo también algo.

 

El escritor

ePub

El escritor

 

En aquella época yo quise ser escritor. Andaba leyendo a todas horas; supe quién era Celan, incluso leí un ensayo sobre él. Incluso leí poemas suyos. Me gustaban las bibliotecas. Pasaba ratos metido en ellas. Y todo lo que me ocurría podía convertirse en parte de un texto. En cierta medida, no me preocupaba mucho lo que me sucediese, porque desde esa perspectiva la suerte no tiene importancia. La posibilidad de que acabase transformada en un libro daba cierta luminosidad y amplitud a mi vida. (No creo que quien no haya amado escribir pueda entenderlo bien). Y en ese espacio de la creación hasta las peores noticias, no sé, el abandono de un amor, un accidente laboral o una muerte, podían tener sentido.

Todo esto fue en aquella época. Pero las épocas cambian.

Mónica estaba ya harta de todo y dijo por qué no nos vamos al extranjero. No. Por qué, muchos están saliendo ya, aquí solo se van a quedar las ratas. Mónica tenía mucha gracia. Pues no. Estoy harta, oyes. Eso yo ya lo sabía. Incluso lo había escrito, me jacté para mí mismo.

 

El patrón del deseo

ePub

El patrón del deseo

 

Lo llamó su madre corriendo. Que fuera a ver a su hermano, que estaba fatal, acababa de colgarle el teléfono, que se temía lo peor, ay Dios mío, que tu hermano hace una barbaridad, vete ahora mismo, ay Señor, por lo que más quieras, vete. ¿Lo llamo yo? No, no, que no quiere hablar con nadie, vete a su casa, no a su casa no, a la oficina, me ha dicho que está en la oficina, ay, si a lo mejor ya es tarde.

Su perro dio un saltito y le apoyó las patas. El chucho pensaría que lo sacaba de paseo. Ahora no, le sujetó la cabeza y lo obligó a retroceder.

Nada se iguala a la premonición de una madre. Cuando llegó al edificio de las oficinas no había un alma. Cuando abrió la puerta del despacho de su hermano, no oyó un ruido. Al entrar vio los pies en el aire bailando, el cuerpo, la soga, la cabeza, la lámpara medio cedida, una lengua, el rostro morado. La operación fue rápida, no sencilla. Lo levantó en brazos, con una mano trató de aflojarle el nudo (mal hecho, su hermano en manualidades fue siempre un chapuzas), le pidió que lo ayudara...

 

Un museo

ePub

Un museo

 

Se marchaba él a su empleo, por decirlo así. Me quedaba yo al cargo de la casa, es una frase. Él había abandonado la Secundaria; yo había traducido a Virgilio (para que se hagan una idea). Conque, cuando volvía al atardecer, mis palabras como abejas lo zumbaban.

Las espantaba a manotazos: mis intenciones de alguna clase de venganza, por mínima que fuera, decaían y los aguijones se volvían contra algo.

Nos arrojábamos en el sofá; yo quería follar y él ver la tele. Ganábamos por turnos. El perdedor se esmeraba. Luego éramos dos leones hastiados; yo me retiraba meneando la cola a mi habitación donde los libros ya me daban náuseas, me tumbaba en la cama y bebía lentamente de una botellita de gin. Para hacer sueño, más que nada, mientras imaginaba luces detrás del campanario por el cielo negro del coño del mundo. Cosas mías.

Un día que vio la casa toda ordenada. Juro por dios que me había esforzado. Me dijo:

–Parece un museo.

–¡…!

Casi nunca me quedo sin respuestas.

 

Diversos avatares politi-socioló-econó-psicoló-espirituales (con final imprevisto)

ePub

Diversos avatares politi-socioló-econó-psicoló-espirituales (con final imprevisto)

 

Diversos avatares politi-socioló-econó-psicoló-espirituales comenzaron de la siguiente forma: a mi cuñado, según iniciaba su petición de un crédito en la sucursal número nnn de la entidad bancaria *** de la ciudad de BBB, digo, apenas se había sentado en la butaquita para exponer su problema, el cajero le pegó un tiro en medio de la frente. Mi cuñado murió en el acto y, a continuación, su cabeza se volcó hacia atrás y quedó mirando la puerta de la calle.

Algunos clientes de la entidad se volvieron estupefactos. Alguien que reaccionó llama a una ambulancia, alguien a la señora de la limpieza, la sangre había humedecido la moqueta (y si no se actúa rápido…). El resto siguió como si tal cosa, supongo que por hábito o por indiferencia.

A lo que íbamos. Mi hermana se presentó allí al otro día a pedir explicaciones y un crédito para darle la sepultura. Se nos informó de que el cajero homicida había sido trasladado; sin embargo, su sustituto (un buen tirador él mismo) tuvo la amabilidad de comunicarle que se satisfarían ambas solicitudes, si bien lamentablemente algo menguadas. Se achacó el suceso a un ataque de pánico sufrido por el empleado, aclaró que ya se le había puesto un tratamiento; y se le hizo entrega, de manos del director de la sucursal, de un cheque-ataúd con el que podría elegir uno del catálogo bajo la condición de contratar también el servicio funerario completo, que ascendía a tres ceros.

 

Las desventuras del joven novio

ePub

Las desventuras del joven novio

 

La puerta tiembla humildemente. De adentro no proviene el menor ruido. Pasan unos segundos, diez, veinte, medio minuto, el minuto entero. La puerta ahora tiembla con más determinación. Es el joven, que la golpea dos veces. Se mueve, asfixiante, una pequeña porción de tiempo. De dentro, la voz:

–Pasa.

Se abre la puerta, se cuela un «da su permiso» con la media cara, la cara entera, el cuello estirado, el pecho, los pies, los cordones de los zapatos. Avanza ahora el cuerpo del joven y el joven detrás. Hasta que ambos se quedan cerca de la mesa, un poco de lado, donde un hombre, un hombre de verdad, trabaja. No suda, anota, no levanta la cara, tiene pegado en la oreja un teléfono fijo, el móvil junto a sí, mira a la pared, al calendario grande, responde unas fechas, sigue con lo suyo.

–¿Qué quieres?

–Mire, señor Lacayo, digo Lozoya. (Ese error puede ser fatal, pero no, porque el señor Lozoya lo que es lecturas no frecuenta y su audición es selectiva).

 

Lo que la luz construye con las formas, con los cuerpos, el accidente

ePub

Lo que la luz construye con las
formas, con los cuerpos, el accidente

 

Lo que la luz construye con las formas*.

Cuando el fotógrafo paseante, en posesión de su cámara, encuentra en el fluir del día y el deambular por distintos lugares de la ciudad, los discretos y directos motivos de sus tomas.

Ahora tres seres humanos en una sala iguales a tres formas.

Las imágenes del artista se caracterizan por la intensidad del negro y sus muchos tonos.

Muchos tonos para el negro. Tres figuras, tres figuras humanas en su espacio único, que ni a preguntar se atreven, ni a respirar se atreven.

La intensidad del negro y sus muchos tonos, más sólidos que opacos.

Pero no en estas tres personas, más bien opacas, nada sólidas. Que han estado gravitando por la atmósfera de esa sala y ahora, porque la fuerza del tiempo se hace cuerpo, ahora se ven obligadas a reconocerse.

–¿Estoy solo? –pregunta una voz.

Nadie responde.

–¿Qué será de mí? –dice otra.

 

Coordinación oficinística o algo

ePub

Coordinación oficinística o algo

 

El jefe, visiblemente menoscabado por largas tardes ocupadas en la reflexión sobre el mejor-racional modo de organizarnos y salir lucrándose, surgió de la nada del marco entre las jambas y se prolongó hasta mi lado a transmitirme la última orden:

–Vicente, mira, oye. Hagamos esto: cuando la luz verde se encienda, te levantas enseguida y avisas a Jaime para que pulse el botón rojo; no el que está encima de la consola sino el del lado derecho.

Exhausto, guardó silencio. Yo lo mismo.

Luego, exhausto también, se interesó:

–Vicente, ¿has entendido?

–¡Sí! –grité.

Me miró desde su altura, sudoroso, levemente sucio, tristón.

–¡Es muy sencillo!

Algo pasó entre nosotros como una salamandra del tiempo moderno, inofensiva, ajena, tres cuartos de lo mismo, célebre.

Su diseñada desconfianza se abrió paso y ahí quiso corroborar-se-me-lo:

–Vicente –susurró–: ¿puedes repetirme la instrucción que te he dado, por favor?

 

De tal palo*

ePub

De tal palo*

 

Me telefoneó mi padre, cosa muy rara, y acudí. Mi madre me puso dos besos y él me llamó desde el comedor a voces.

Sus setenta y ocho años recostados en el sofá me reclamaron con una considerable energía:

–Siéntate a mi lado.

Lo vi mal.

–Estoy jodido, hijo.

–¿Qué te pasa?

–Ayer –bajó la voz–, estando en la cama… con tu madre… ¡Tengo un dolor de riñones del copón!

–¡Esa boca! –le recriminó mi madre, que entraba con las cervezas.

–No puedo moverme.

Hizo los gestos, la mueca del espasmo. Se dejó caer.

–Quiero que me sustituyas.

–¿Dónde?

–¿Dónde va a ser? ¡En el trabajo!

–¡Ah! –no entendía nada. Miré a mi madre. En su cara, comprobé que estaba de su parte.

–¿Por qué no llamas y les dices que no vas? –Me torció el gesto.

Mi madre:

–Ya ha gastado los días de ausencia. Uno, por una resaca que tuvo… otro, por la final de Copa.

Nos quedamos callados. Pasó el silencio. Se me tatuó una sonrisa en el interior.

 

El caballo lejano

ePub

El caballo lejano

 

Cuando estoy enfermo pienso en un caballo lejano.

Un caballo lejano significa que, si me monto en él, de inmediato estoy ya a sesenta kilómetros.

Es muy útil un caballo lejano.

Las veces que he ido a pedir trabajo o que me han entrevistado para uno que, invariablemente, no me han dado, o si me he puesto a reclamar algo más de dinero por un empleo asqueroso, en esas veces, también he montado al caballo lejano.

Cuando Rosario me abandonó por otro más inteligente y sensible, quise subirme a mi caballo. Pero estaba demasiado lejos y no lo alcanzaba.

En el despacho de un cualquiera que se esforzaba en que confesase algún fallo, algún vicio secreto, alguna mentira de mi currículum, un cualquiera que no creía en nada, del mismo modo que yo, pero un cualquiera que insistía una y otra vez sádicamente, dolorosamente encima de mí y para el que mis siete papeles que sostenía en su mano eran la nada, entonces me sobrevino el caballo lejano. Su grupa en mi cara. Volteó su cabezota y me miró perezoso como una invitación. A sus ojos profundos no se los engaña. Su cuerpo imponente no me dejaba ver. ¿Te decides?, me dijo. Quita de en medio.

 

Lo del ejemplo

ePub

Lo del ejemplo

 

Entró en su casa con los chicos y lo primero que ve es a Javi inconsciente sobre el sofá, latas de cerveza abiertas, algunas caídas, un brazo para cada lado, la cabeza cubierta, restos de la vomitona sobre la alfombra, niños fuera de aquí, id al cuarto de baño a lavaros las manos, hala papá, qué le ha pasado al tío Javi, no es nada, haced lo que os he dicho, ahora mismo, qué asco, ha devuelto, el tío es un borracho, vamos, ya, todos, to-dos, no llores, mi hijita, no pasa nada, el tío se ha puesto malito, vete con ellos, Vigor, ocúpate de tu hermana…

No hay nada peor, de una parte, que el desahucio, he perdido la casa, Tomi, la casa; Tomi, la casa, y encima debo al banco un pastón, tengo que pagar aunque la haya perdido, Tomi; me he quedado sin ella, Tomi; y pagar para siempre, y con qué si no tengo un céntimo, no tengo trabajo…

De otra, acoger en tu hogar a un gran amigo destrozado por las deudas, sin empleo ni beneficio, encima alcoholizándose, y con tres niños testigos del espectáculo…

 

La gran huelga

ePub

La gran huelga

 

En la década anterior hicimos una gran huelga. Los servicios mínimos dictados por el gobierno eran abusivos: llegaban al 90% de la plantilla. La huelga duró dos años, siete meses y veintiún días.

Se le olvidaba a uno que estábamos de huelga. Al principio, uno iba a trabajar porque se le pasaba. Dibujamos un cuadrante. También se nos olvidó que reclamábamos. Creo que nos concedieron una subida, dos años después no significaba nada.

Uno dejaba una propina y ya, ahí se había ido la subida.

Yo participé en esa huelga. Era una buena huelga, salías antes. Podías quedar con tu familia. Una vez vi al chaval jugar un partido.

Todos la hicimos. Primero, los valientes, luego los timoratos, al final hasta los cobardes; veían sus ventajas, su horizonte de posibilidades. Vivías con menos dinero, eras más feliz al cambio.

Uno de nuestros jefes hizo huelga también. Su psicoanalista le dijo: o eso o aumentamos la medicación. El hombre había amagado una tarde con el propósito de la intención de un deseo de tirarse por la ventana. No le quedó más remedio.

 

Memoria de una iglesia

ePub

Memoria de una iglesia

 

Nuestra casa ocupada la rodearon los maderos, los picoletos, miembros de los GEO, los autodenominados chiquiotan y la Milicia Vecinal Contra Vagos, Alternativos y Maleantes. Huimos por los tejados, Gus lo alcanzó a uno con un ladrillo en la jeta. Me volví para darle un recado en las costillas, saltamos a la calle, a correr. Dejamos atrás un infierno de palos, humo, pelotas, gritos; también ilusiones, trabajo, una asociación cultural, la cooperación de la buena gente, techo, amigos, comida. Tres tipos de los cuerpos y fuerzas bien armados y con redes nos pisaban los talones, les echamos un esprint hasta la esquina, topamos con unas escaleras que subimos y nos colamos en una iglesia. Desde aquella oscuridad, los vimos pasar de largo.

Dentro estaban escenificando alguna cosa; accedimos por los pasillos sin llamar la atención y nos sentamos al pie de una peana a recuperar el resuello. Gus sacó un bocadillo, de tres bocados nos lo zampamos; fue un suspiro: teníamos sed, sueño, ganas de estar callados, de llorar, de matar a alguien…

 

Un emprendimiento

ePub

Un emprendimiento

 

Llegado un momento en la vida, acaso en el medio, uno debe plantearse una iniciativa propia. Eso hice yo también.

–La verdad es que poseer un periódico o una emisora de radio o televisión sería lo óptimo –dije a mis colegas– para hacer pasta, se entiende.

–Imposible –me avisó Germán apoyado en el capó de su coche–. Hace falta una exorbitante cantidad de dinero, para empezar.

No me dio opción ni de quejarme.

–Por no hablar de los contactos políticos –y se reía.

–Hablan de libertad de empresa –continuó nuestro amigo el marxista–, es una falacia más de este sistema.

Nos callamos mientras cada uno se volvía sobre sí mismo, un pitillo, una mirada, las uñas… este último siempre tuvo mucho predicamento entre nosotros a causa de sus lecturas.

–También tienes libertad para saltar un monte o echarte a volar desde un acantilado moviendo los brazos. O comer viento.

Y terminaba con su mueca de sonrisa o sus puntos suspensivos audiovisuales.

 

El discurso sostenible

ePub

El discurso sostenible

 

Primera parte: El discurso pertinente

 

Un hombre como yo no es un hombre.

Mi día, para que lo entiendan, transcurre como un océano. Digo «para que lo entiendan» con intención de figurarme que no estoy solo, cuando sé que estoy solo.

Un hombre como yo, solo, carece de un léxico, pues el léxico me es asociado como unos grilletes a las muñecas. La palabra muñeca es demasiado dulce para comparecer aquí, mejor diré, cerrojos en torno a la articulación que da movilidad a mis manos. Ahora me expreso como mejor puedo porque estoy solo, ya (me) digo; si estuviera ante un hombre de verdad diría nada, esperaría a un lado a que me dirigiese él la palabra y, una vez recibida, pudiese rebotar de alguna de las maneras pautadas (con la misma libertad y flexibilidad de opciones que tiene una pelota contra la pared y el suelo cuando un niño juega con ella, juega y juega con ella, juega con ella a meterle hostias). (Hasta que se cansa).

 

El prana, Sevilla el lunes ¿se come?

ePub

El prana, Sevilla el lunes ¿se come?

 

¿Que el prana se come? Sevilla el lunes. El martes, ponemos Zaragoza. Valencia la mayor el miércoles, sea puntual Gómez, el jueves lo quiero en San Sebastián, ¿sabe el chiste de También Tan Tebatián? Algún día que tengamos un rato se lo cuento. El jueves no se mueve. ¡Ah!, que le he dicho en San Sebastián, ¿ve usted?, jajá, qué gracioso, el viernes, el viernes no se mueve, me hace el informe completo, a las doce la junta, una copia por cabeza, hable con García primero que él lo presenta, pero usted no se me pierda por las dudas. El sábado organizamos de nuevo.

El prana se come. Es una tradición milenaria del extremo oriente que se ha transmitido de generación en generación pese a los intentos en contra de grandes intereses por sofocarla. No lo han conseguido, sin embargo, y esa opción espiritual, desesperada, aún se mantiene en círculos secretos de iniciados con los que, aunque resulte difícil, no es completamente imposible contactar. Yo lo he intentado…

 

Cargar más


Detalles

Libro impreso
Libro electrónico
Relato

Formato
ePub
Encriptado
No
SKU
MFPE000001141
ISBN
9788483936016
Tamaño del archivo
400 KB
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
Formato
ePub
Encriptado
No
Impresión
Permitido
Copia
Permitido
Leer en voz alta
Permitido
SKU
En metadatos
ISBN
En metadatos
Tamaño del archivo
En metadatos